miércoles, 4 de noviembre de 2026

FE

Dr. Mg.  Raúl Omar Pino-Ichazo Terrazas ©

Conciencia significa un saber concomitante acerca de la existencia psíquica propia y de los estados que, en un momento dado esta se encuentra. Se debe poseer conciencia de Fe. El autor.


LA FE ES UN SENTIMIENTO PODEROSO

La fe es un sentimiento inexplicable en su concepción acabada, debido a que emana de la firme convicción de crecer sin ver, acción que configura un enfrentamiento interno del individuo entre la verdad hipócrita que se expresa externamente y la verdad única que es la decisión soberana del espíritu.

Se pueden consultar diccionarios enciclopédicos, exegéticos y filosóficos para aproximarse a la comprensión del concepto de fe que, naturalmente, son un elemento de valiosa ayuda, empero, el sentimiento poderoso de la fe solo puede ser percibido en su real acción y transformación del individuo por propia vivencia, que constituye un ámbito impenetrable de compartir y extraer percepciones, debido a su exclusiva condición de intuito persona o personalísima. 

La verdad única es la consecuencia de la liberación que experimenta  la persona de sus propios temores, miedos, debilidades y fortalezas que desunían a su espíritu por la dualidad del comportamiento externo para sus relaciones sociales y el público y lo que es en esencia; mientras no se produzca la correspondencia entre ambas dualidades no surgirá la única verdad que  generará el reencuentro de dos personalidades, esta vez, solo unificadas por la verdad ; trabajo espiritual incesante muy difícil, con  frecuentes depresiones y estímulos, de caídas y recaídas hasta el encuentro del poderoso sentimiento de la fe con el espíritu del individuo que caminó por la senda extremadamente complicada y ardua  de individualizarse sin influencia y ejercicio de poder sobre otros, sin imposiciones ni sometimientos; sin el temor latente de decir no al prójimo y sentirse aliviado por la acción, pues de ceder la acción no sería sincera ni honesta, solo por cumplimiento social  y auto engañarse.

 

DEMONIOS SOMBRAS O DEFECTOS

Vencer a los demonios o mejor a las sombras que acompañan a nuestra intimidad no debe constituir un enfrentamiento sino un desafío, debido a que aceptando nuestras debilidades y defectos, el resultado será siempre positivo y surgirá la difícil conciliación que es la verdad única. Desde este momento el individuo ya no actuará dualmente: hipocresía para el exterior y represión para nuestras sombras, entonces, aparece diáfana la conquista difícil de la fase de la integración de las sombras como un paso necesario para la unidad.

 

PROFERIR BENDICIONES

Una manida costumbre superficial e hipócrita es utilizar el nombre de Dios para proferir bendiciones en nombre de Él; cuando la esencia de la fe, cuestiona a esa manía reflexionándonos sobre el respeto necesario a Dios, consultándole antes, en una previa meditación íntima para que Dios bendiga a la persona que dirigimos las frases "Que Dios te bendiga” “Muchas bendiciones” y otras alocuciones similares.

Un deseo sublime, como lo es bendecir a una persona, exige el contenido espiritual de una previa petición con fe a Dios. Esta acción asume un efecto profundo en quién es bendecido por otro prójimo que, a su vez, lo hizo con previa expresión de su deseo sincero a Dios.

Cuando se pide una bendición a Dios, la persona debe haber experimentado la transformación que genera poseer Fe. Dios acoge las peticiones de sus hijas e hijos que creen en Él sin haberlo visto y rigen su vida en cada acción de pensamiento, palabra y obra por la fe y, observen que, a mayor esfuerzo que realizamos para definir en forma acabada la fe, más inextricable es su concepto debido a que es un sentimiento poderoso y divino que pertenece al ámbito de Dios. Un sentimiento inenarrable por quién lo ha edificado con plena convicción es el que concede a la persona el carácter de privilegiado, pues con fe se comunica con Él a todo momento; es el milagro de la fe que le concede paz espiritual, otro sentimiento indescriptible porque la paz interior es, con aproximación, vivir en santidad arropada por las virtudes que se adquieren viviendo y actuando en las interrelaciones humanas.

 

BÚSQUEDA DE SÍ MISMO; ESTAR SOLO Y SOLEDAD

Para concentrarse en la búsqueda del reconocimiento sincero de sí mismo, se necesita saber estar solo que se diferencia sustancialmente de la soledad; cuando el espíritu se encuentra e inicia la transformación se erige una atracción irrefrenable hacia la convicción de creer en quien nos creó, y esa convicción nos despeja el camino hacia la fe porque llegar a este punto significó enfrentarnos en una dialéctica de entreveradas dudas e incertidumbres que ensombrecen la claridad que se añora; el resultado cuando la convicción se impone es la declaración unívoca de fe que guiará nuestra vida por la senda hacia Él.

La senda es superable al no existir separación entre nuestro comportamiento frente al prójimo que tiene el basamento de las enseñanzas de Cristo en la tierra, sus ejemplos y evangelios. Acción que amplía la comprensión por las diarias interpretaciones que concluimos sobre sus palabras y, cada interpretación que desarrollamos en la intimidad espiritual es un avance a una nueva fortaleza de fijación de ese esfuerzo interpretativo y la conducta de union con Dios. Creemos en Él sin desalientos, solo motivaciones que las asumimos como vida espiritual intensa en el conciente e inconsciente, transformando el espíritu en parte inherente a Dios, porque cada acción que genera el pensamiento la trasunta en palabras hasta el hecho recibiendo la generosidad de su sabiduría, preservándonos de dañar a nadie, específicamente al prójimo que es nuestro reflejo.

 

EDIFICACIÓN DE LA FE

Vivir en la fe edificada por uno mismo como un sustrato de indeclinable convicción por creer sin ver; esta estructuración de la fe no es sencilla ni e inmediata, debe vencer a las expresiones y pareceres contrarios que pululan e influyen en nuestras interrelaciones humanas por sociedades prejuiciosas que delatan su animadversión a ser dependientes confesos de Dios;  expresan su indisimulada soberbia con la característica de la autosuficiencia que prescinde de la declaración espiritual de Fe a Dios y eligen vivir con albedrio personal ilimitado sin ataduras espirituales que son establecidas por las Iglesias dispersas por el mundo, y se diferencian solo en lo exógeno y todas se dirigen a Dios, a un solo Dios.

Este fundamental y decisivo encuentro con la intimidad parecería, en un principio, encontrarse en el precipicio de la vida y el momento preciso que se identifican las sombras que, aparentemente, podrían ser designadas como muestras evidentes de debilidad; por lo contrario, es un momento crucial del descubrimiento de una fuente de fortaleza de  profunda dialéctica interior, que nos convence no estar contentos con lo hecho hasta ahora  espiritualmente; esto impele a quitarnos las máscaras, mostrándonos entusiastas y equilibrados al exterior, empero, internamente decepcionados.

Este despojo de las máscaras como manida costumbre de aparentar ante las exigencias sociales, ayudan definitivamente a, por fin, entrar en diáfano contacto con nuestro interior; este estado obliga a decidir sobre la vida espiritual y si la convicción es irrebatible, surgen los primeros atisbos de la fe, y  comienza o es el inicio cierto de la edificación de la misma ¿Cómo se presume edificar la fe? aunque la pregunta podría despertar la sensación de recibir la respuesta cierta para no caer en la soberbia de poseer la verdad, siempre será una aproximación, debido a que esa vital transformación tiene una senda de prelación en la intimidad para cada espíritu que llegó a este estado de confrontación interior y la edificación progresiva de la fe. No es inmediata en su consolidación, además de ser en su más pura esencia reservada; es una vivencia individual que, paradójicamente, es complicada definirla para nosotros mismos, entonces, será por decantación más difícil aún expresarlo al exterior por su característica de provenir de lo divino; consecuentemente un ámbito inexpugnable reservado a Dios.

Se explica este ámbito de lo reservado a Dios y lo arduo en latente meditación interna que consiste en edificar la fe, pues nadie quiere lo que desconoce siendo la equivalencia en dificultad, a creer en lo que no se ve.

Como sabemos que no hay obligación sin causa, esta solo emana después de una confrontación con las sombras y haber reconocido que aquellas no son negativas sino contribuyen eficazmente a anular la dualidad y a proveernos de fortaleza.

En este estado de integración única de la persona la causa se hace evidente y se debe decidir sobre creer o no, entonces, hecha la elección de creer en Dios no queda margen para elegir y comienza el recorrido de la simultaneidad de conceptos, arduo camino que requiere plena atención consciente e inconsciente, además de motivante, debido al sentimiento inequívoco de felicidad y privilegio de haber decidido bien.

Esa libertad de elección es cosa inestimable pues queda exenta de influencias o tendencias externas, es la decisión de creer en Dios, que se configura sola como causa eficiente la hasta ahora vigente dualidad interna y la simulación e hipocresía, y el efecto es creer en Dios.

Está crucial elección no se la asume por necesidad pues excluiría la presunción de liberalidad. La necesidad de integración única que debe absolver todo ser humano para su propia estabilidad interna y externa es decir un solo yo, librado de la simulación; no se la acomete por ignorancia, pues ello suprimiría todo ánimo de continuar con la edificación diaria de la fe en Dios.

Elegida esta trascendental acción no se la puede alterar ni modificar debido a la expresión hecha con madurez de creer en Dios, cuyo sendero único a influjo de la fe nos conduce hacia Él.

Toda la vivencia anterior antes de someter a nuestro espíritu a esta confrontación hasta obtener un solo yo, tránsito harto difícil por cierto, anula la simulación acostumbrada para complacer a la sociedad, entonces, el individuo ya no muda la sustancia de la verdad y la encuentra.

¿Por qué engendra dificultad creer en Dios? porque Dios es una entidad ajena al mundo y por lo tanto no puede ser conocida por la experiencia. El excepcional filósofo de Koenigsberg, Kant, defendió que esa entidad no puede ser demostrada ni negada por la incontrovertible aseveración de creer sin ver a Dios, espiga un mérito espiritual trascendental en la vida humana.

 

La decisión trascendental de creer en Dios se dificulta aún más por la inveterada tendencia al entorno social complaciéndolo, voluntaria o no, a la costumbre que enraíza a los pueblos en su dialéctica, que es más que conversar sobre Dios.

Las conversaciones transmiten hechos y opiniones, es decir, que es histórica o deliberativa. Esta dialéctica tiene mucho que ver con la comunicación de dos seres racionales que piensan consecuentemente, lo que suscita la ocasión a que en cuanto no coincidan sincronizados, surja una discusión o pugna intelectual, pues uno o el otro no pudo obtener el asenso o su reafirmación.

Las divergencias surgen de las diferencias que atañen a todo individuo, son un elemento empírico, exhaustivo en el detalle y la profundidad. Cuando interviene la lógica el objeto  es a priori, es decir, no determinado por la experiencia, así, las leyes del pensamiento, el proceder que sigue a la razón, dejada al arbitrio sin elemento alguno que la turbe, como el pensar de un ser racional, al cual la lógica  conduce  sin atisbos al error; esta lógica se traslada al espíritu  del individuo motivando a una meditación intuito persona para que pueda definir la Fe en Dios, sin la intervención de hechos u opiniones;  estructurada con la lógica como ciencia del pensamiento para culminar con la definitiva fe en Dios, y como un proceder de la razón pura que simplifica y aclara las notorias influencias anteriores del pensamiento generadas por la dialéctica racional y como resultado de la diversidad de sus respectivas individualidades   y el conocimiento de los  medios que ambos utilizaron con la  finalidad de hacer prevalecer el pensamiento propio,  puro y objetivo  sobre el otro; esto último pertenece a la naturaleza humana  que al pensar en común, comunicar opiniones, sobre un tema  tan profundo  y trascendental como la fe, ambos se concentran  en observar algún fallo que se deslice en el otro, es decir, en  esta dialéctica se confirma que el ser humano es prepotente por naturaleza, lo que  sigue de tal propiedad del humano que le impele dominar y encontrar ratificación del otro como una obstinación innata.

 

Esta complejidad previa atizada por la dialéctica pasa a ser prolegómeno de discrepancias humanas que no asumirían ningún grado de influencia determinante cuando el individuo trasponga esa barrera y se disponga a un verdadero retiro, para encontrarse a sí mismo en plena integración de su espíritu como un verdadero ermitaño para establecer los cimientos definitivos de edificación de su fe en Dios.

¿Dónde se realiza inexcusablemente este proceso de edificación de la Fe en Dios? naturalmente debe ser en el espíritu que tiene muchas acepciones según se lo racionalice desde la filosofía tradicional y la filosofía moderna.

El espíritu, sentimos los humanos, que es un ser inmaterial dotado de algo excepcional: la razón. Es el alma racional, es ciencia mística, es el vigor indescriptible que como virtud natural alienta y fortifica el cuerpo para obrar. Los alquimistas creían que un espíritu universal físico se hallaba esparcido en el universo.

La filosofía, por lo contrario, no se centra en lo posible físico, sino lo ha entendido de diversas maneras, así, el filósofo estagirita Aristóteles, lo define como la parte intelectual y superior del alma humana, capaz de captar la esencia de las cosas. La escuela neoplatónica lo define “como el principio supremo no cognoscible por la razón, sino intuido”

La filosofía moderna nos enfrenta a las más diversas concepciones según las tendencias realistas, idealistas, materialistas entre otras.

El filósofo alemán Hegel lo concibe como “principio dinámico cuyo despliegue constituye lo existente” opinión materialista, por cierto, que se tonifica en el materialismo moderno como el producto elaborado de la materia.

De la precitada complejidad, teorías y tendencias inferimos que ninguna de ellas subsume a la persona una definición irrefutable del espíritu, por lo que, afirmábamos, que es inextricable, siendo mandatorio el encuentro de uno mismo en un ámbito tan íntimo donde después de profundas cogitaciones para eliminar la dualidad que emanaba de nuestro espíritu: una verdad para nuestro interior y otra para el exterior que es forzada por la pasión de vivir en comunidad.

La única solución para evitar esta extrapolación de nuestro espíritu, es la plena integración de nuestras sombras con la verdad, de donde emanara una única verdad; momento espiritual y trascendental en la persona para iniciar la edificación de su fe en Dios o no hacerlo, alternativa esta última difícil de seguirla, debido a que la persona se enfrentó a sus dependencias e imperfecciones y las aceptó como parte positiva de la verdad y con ella se liberó de las sombras.

 

DUALIDAD DE LA PERSONALIDAD

Interpretar este proceso interno es complicado, si la persona no se encuentra a sí misma, libre de influencias y costumbres sociales, además, para mayor dificultad no existen normas interpretativas para encontrarse a sí mismo, pues antes se tendría ante sí, la tarea previa de interpretación de las inexistentes normas para encontrarse a sí mismo.

La interpretación que emprende cada persona para encontrarse a sí misma no está sometida a ningún lenguaje externo, solo al lenguaje y meditación internas de uno mismo que siempre arrojará una decisión, pues el examen es puro y diáfano, entonces, podemos concluir que no es un análisis del lenguaje o la interpretación de  inexistentes normas para el encuentro de sí mismo sino la visión clara, veraz, desinhibida y cruel de uno mismo, estableciendo el mejor criterio propio, pues se trata de  una acción para la vida espiritual sustentable de una persona, eligiendo conscientemente el transcurrir por este mundo anónimamente (coloquial: sin pena ni gloria).

No inadvertimos lo laberintico que caracteriza el acto de sumisión constante a la meditación interna de sí mismo, por la no existencia de normas interpretativas de eliminación de la dualidad de las personas, más aún, ante ese vacío de sistema es labor interna adentrarse a la interpretación de los sentimientos, sensaciones, intuiciones e inducciones no interpretativas, cuyo ámbito es la profunda intimidad espiritual de la persona.

La edificación de la fe, toma impulso inicial cuando la persona, en una profunda meditación espiritual, construye un puente entre las deficiencias que existen entre su mundo interior y cómo el mundo exterior es, de esta forma el individuo no solo es una cosa (Gesicht, faz) sino un ser viviente.

Cuando lo exterior no nos estimula significa que ha descuidado el interior y esto no es  vanidad sino conciencia porque el rostro es el espejo del mundo íntimo y refleja inequívocamente las sombras  que nos acosan y el despertar a la verdad, es el propio reconocimiento a la misma, entonces, esos abismos de la vida y su confrontación nos inclinan a decidir a salvarnos con la edificación de la fe en Dios; es un retomar del poder que dispone toda persona y el coraje para fortificarla sin buscar la conformidad del exterior que es la interrelación humana; ese poder y coraje reside latente en nosotros.

 

TRANSFORMACIÓN DE LA PERSONA

Este evento espiritual es, metafóricamente, como abrazarse a sí mismo para encontrarnos en una verdadera integración y no separarse jamás de sí mismo en la vida espiritual y somática.

Decíamos que esta transformación reside en nosotros, nunca adviene por la conformidad exterior, sino es consecuencia de esa soledad para meditar que no es soledad, es estar solo para algo transcendental.

 

El impedimento que no aceptamos como real es, que nos separamos de nosotros mismos para vivir en una zona de confort en la sociedad, que procrastina la definitiva integración de yo interno y el externo es el viaje al conocimiento de sí mismo.

El sufrir genera que el inconsciente busque soluciones y reacciona inundándonos de equilibrio; momento feliz para la elección de la fe en Dios como un camino seguro hacia Él.

‎Estas caídas por el sufrimiento, las incertidumbres que erosionan nuestra estabilidad y las depresiones, son el paso para la elevación de nuestro espíritu dirigido al amor de Dios.

Una facultad que desgaja de ese estado de meditación espiritual es la presencia, por la cual la persona percibe a la otra, no se habla mucho, sino se crea una intensa empatía hacia el prójimo no atribuible a la vanidad de ayudar y que no vean, sino un sincero sentimiento de presencia.

Encontrarse en medio de una decisión crucial no es agradable, pero necesaria, para descubrir la propia esencia espiritual. Este mismo estado de nuestro ser nos facilita descubrir facultades que no las conocíamos como la sabiduría, cavando hacia esa sustancia profundamente y encontrarnos con nuestra verdadera esencia; transformación fehaciente con un poderoso sentimiento de unirse a Dios por la fe en Él. Comenzando, como establecimos, un mundo de relacionamiento humano diferente, debido a que no se deja turbar por influencias, opiniones y presiones de la moda, las cuales ya no tienen espacio con la correspondiente conducta de inclinación inamovible en la edificación de la fe y la persona construye sus propias fronteras sustentadas por la fe en Dios.

 

INTEGRACIÓN DE LA PERSONA

‎Las sombras que poseemos trasuntadas en codicia, mendacidad, ansia destructiva, egoísmo, envidia y la tendencia a la materialidad, paradójicamente, son aspectos positivos y necesarios para impulsar el encuentro de dos personalidades y enfrentarlas, de cuyo resultado se refunde una integración.

Enfrentando la colisión de comportamientos externos e internos se encuentra la liberación definitiva de esa dualidad que postergaba, sin solución de continuidad, la individualidad, logro espiritual consistente para iniciar la edificación de la fe en Dios.

EXAMEN DE LA VIDA

En este arduo sendero donde impera el silencio y la incertidumbre, surgen recompensas que se deben identificar aunque no sean fáciles de reconocer; una de ellas es que el propio universo nuestro se expresa silencioso y las transformaciones se suceden en lo profundo del inconsciente; es el test o examen de la vida que no es una huida de la realidad; el resultado de este examen de la vida es impelido cuando el egoísmo deja de ser tirano y comienza a seguir la voz interna desprovista de influencias y las opiniones de los demás no alcanzan  afección, no por soberbia sino por haber aprobado ese examen de la vida, que antes de suceder la persona estaba sujeta voluntaria o involuntariamente a los criterios de otros que  prescribían qué hacer y cómo. Se llega al éxito suponiendo una subordinación de nuestro yo, aun así, actúa la recompensa de seguir la propia intuición para dilucidar lo que es cierto y saber que es el camino correcto.

‎Esa intuición nos educa a escuchar los consejos, no rechazarlos, razonarlos exhaustivamente y dejarlos pasar por el filtro del inconsciente que nos guía.

El inconsciente se presenta cuando hay el ejercicio constante de la meditación en soledad como una autoridad interior, desgajándose, sin darnos cuenta, que ya no se necesita de la opinión del otro y, como decíamos, se establecen fronteras sin sentirse culpable; ese inconsciente premia a la persona con la ansiada seguridad y se aviene a la edificación de la fe en Dios.

‎Es contundente y perceptible esta ayuda del inconsciente porque le transfiere inmunidad a la persona contra la posible mendacidad del otro, más excepcional es aún que esta autoridad interior del inconsciente no nos hace inflexibles a las opiniones sino perceptivos a escuchar con atención, debido a que esa recompensa de conducirse a sí mismo es la fortaleza de no desviarse del propio criterio inconsciente, elaborado con sufrimiento, resquicios profundos de incertidumbre y soledad.

Después de esta fase emana una fuente convicción que tiene sustrato en el interior de la persona, arropada por la autoridad del inconsciente.

‎En este estado de transformación de la persona se pueden realizar muchos cambios: de ciudad, de costumbres y de medio social, pero lo vital es que el centro construido por la persona después de ese examen de la vida, es el mismo invariablemente, desechando por la borda, con la fortaleza interior obtenida, todo lo que pudiese influir negativamente. Esta nueva frecuencia que se encuentra en lo profundo del inconsciente ayuda a la persona a meditar con sistema y a elegir su fe.

El puente que establece esta estabilidad entre los dos mundos anteriormente vigentes, que generaban una dualidad, no es ya una barrera sino lo contrario, pues lo exterior e interior del comportamiento endémico por influjo de la sociedad, se unen en una real integración.

Así se logra la sensibilidad para interpretar todo lo que sucede en nuestro universo y ayuda a identificar lo bueno y lo malo; es una real transformación.

La armonía con la propia verdad y la verdad real, es otra recompensa del examen aprobado de la vida; ahora se comprueba todo lo que sucede y siempre se encuentra la respuesta de diferente manera, la comunión con esa conducta tiene su origen en un reforzamiento del amplio ámbito psíquico, que reduce significativamente la susceptibilidad de ser víctima de manipulaciones.

Los pensamientos se elevan en forma sutil decantando en palabras que, expresadas, configuran hechos, creando armonía entre el exterior y el interior, emanando la integración para edificar la fe en Dios; siendo ese crucial pensamiento un impulso natural después de todo este viaje por el inconsciente

 La armonía entre lo consciente e inconsciente hace que la persona se conduzca descomponiendo cada situación o vivencia, separando de sí lo dañino y aprehendiendo lo edificante.

 

VIAJE POR EL INCONCIENTE Y DISCUSIONES SOBRE LA FE

Ese viaje por el inconsciente que la persona inició con sufrimientos, lágrimas y privaciones sociales, es el oro de la transformación definitiva.

Es una inversión muy positiva en energía, no tratar de vencer en una discusión sobre la fe en Dios, sino introducir la habilidad y fortaleza en escuchar; se vencen muchas discrepancias solo con el arte de escuchar. Usualmente se dice que no se debe discutir sobre religión y política porque los ánimos, por el dogmatismo exacerbado, se excitan; cuando sucede este evento, si somos dominados por la irascibilidad y los gritos, el cerebro trabaja con agotado rendimiento y no se soluciona controversia sino que la aproxima.

Discutir por la fe en Dios debería ser un diálogo que conduce a la paz, por medio de una comunicación estratégica, porque es verdad, por sana intuición, que la humanidad, no encontrara paz, hasta que no se    dirija con confianza a la misericordia de Dios, que es la Fe.

Cuando se acude a Dios, uno se colma de esperanza y los que cuestionen irreverentemente la Fe en Dios, con ánimo empedernido, se ahogaran(metáfora) en sus propias palabras, cuando blasfeman sobre la insondable bondad y misericordia de Dios.

La comprensión de la misericordia de Dios nos ayuda en un comportamiento adecuado frente al prójimo. En nuestras interrelaciones humanas, por la natural diferencia de opiniones, se dialoga sobre algún tema, no se echa gasolina cuando los ánimos se exasperan, el interlocutor que deja de hacerlo logra   que el fuego se extinga; además empleando frases mágicas que desaniman al interlocutor como; "Entiendo lo que sientes", “Aprecio tu criterio personal”, entre otros.

 

AURA

Todo este proceso para encontrar la paz en la fe en Dios, inviste a la persona de un aura como un campo energético que emana de sí misma, aunque parezca esotérico, que no lo es; es la huella psicológica y espiritual que dejamos después de un dialogo que se debe decantar en una discusión apasionada.

Esa aura se convierte en un espejo para los demás que les obliga a enfrentar sus propias sombras que se las tiene oprimidas y, cuando se las libera, se convierten en un acto de sobremanera positivo pues anula la dualidad de personalidades y es el camino a la integración en una sola.

Cuando se activa lo dormido o reprimido en el inconsciente, aunque duela, surge el arquetipo de héroe que irradia en sus palabras y obras la sabiduría.

Es natural que a una persona con aura muchos no la soportan a su lado, pues el influjo es poderoso como manifestación simbólica del inconsciente.

Podemos imaginar antes del descanso nocturno, poseer una llave que de acceso al inconsciente, para identificar los disimiles que constituyen las sombras, trasuntadas en ese ámbito complicado, donde reposan reprimidos los defectos, que no irrumpen al exterior por temor ancestral al juicio de la sociedad, y se pierda la frágil imagen que se suscita en nuestras interacciones humanas.

¿Por qué las mantenemos reprimidas? porque no logramos aun conciliar el consciente y el inconsciente, alcance feliz que da a luz a la integración definitiva de la persona; y a su vez, momento muy propio para  iniciar la edificación de la fe en Dios, que insumirá profundas y frecuentes cogitaciones que se consolidaran  con la periodicidad de este ejercicio en una unión espiritual indisoluble con Dios y cuya causa es el momento en que la mente se convierte en un exilio del alma; necesaria soledad, pero con un alto precio, ya que la persona se separa de sus máscaras , estas caen,  se eleva la integración y la persona comienza a tener ese intenso diálogo interior, ya conducido por la fe en Dios; se logra la paz que es a su vez tormento, porque la actividad mental no cesa.

 

ACTIVIDAD DE PENSAR

Como la actividad de pensar mucho hace ver lo que otros no ven, se establece la diferencia entre los despiertos y los que duermen; porque la soledad hace vivir conscientemente, y esa actividad de la mente en soledad, convierte a ésta en el lugar de la persona; lo cual no es arrogancia ni misantropía; es el encuentro consigo mismo o la ansiada integración.

Esta integración posibilita una constante meditación espiritual desinhibida de conflictividades por la dualidad existente, ahora se abren las esclusas de aquel impedimento que costó   sufrimiento por desarraigarlo.

 

RECUPERAR LA FE

Recuperar la fe a quienes la tenían alicaída o empolvada, requiere una atención suprema a todos los actos que realizamos en el día consciente; estos actos que son hechos irreversibles, están compuestos, como lo escribíamos, por la incesante producción de pensamientos que generan palabras trasuntadas en hechos, es una repetición, empero, cuando esta actividad interior va unida a las enseñanzas: el ejemplo vida de Cristo y sus evangelios, aplicamos esa sabiduría para que cada acto o hecho que generemos siempre, ineluctablemente, asuman la dirección inamovible de hacer bien el bien al prójimo, que es nuestro espejo.

Esta actitud de vida diaria, recupera la fe en Dios y la hace militante, que para que morigere nuestra vida; requiere de una exhaustiva atención pues el decurso del día es una sucesión de actos: en el trabajo, en la familia y en la vida de interrelación, vivencias donde el prójimo es el protagonista.

 

SABIO MANDAMIENTO “AMAR AL PRÓJIMO COMO A TI MISMO

De esta forma entenderemos con profunda convicción al mandamiento "amar al prójimo como a ti mismo" mandamiento sabio que solo Dios podía concebirlo.

La obediencia a esta corta frase cargada de responsabilidad en nuestra conducta y de una estrecha atención a la interrelación con el prójimo, exige un análisis retrospectivo para determinar con aproximación el número considerable de personas que hemos dañado en todas las formas posibles, desde que obtenemos la conciencia de nuestros actos.

Este paso es condición sine qua non (insalvable) para disfrutar de la paz espiritual. Hemos dañado al prójimo conculcando sus esperanzas, interrumpiendo su estabilidad emocional y hasta generando un detrimento en su economía y posesiones. De eludir un profundo examen de conciencia y arrepentirnos por haber obrado irreflexivamente y sin percatarnos de las consecuencias que ocasionábamos con el daño; viviríamos con la errónea creencia que las actitudes nuestras son en defensa de la integridad y características de la propia personalidad, sin detenernos a encontrar el equilibrio necesario de justicia antes de obrar, entonces, no existió la empatía para situarnos en la posición del prójimo, lo cual es un signo inequívoco de no poseer una fe consolidada debido a la razón incontrovertible que la fe en Dios, como un sentimiento poderoso que morigera nuestros actos en correspondencia a las enseñanzas de Cristo y a su vida ejemplar, prohíbe dañar al prójimo, aun cuando estemos en una débil posición espiritual y material.

La humanidad no ha obedecido ni meditado, menos razonado, con intelección profunda, sobre los beneficios del mandamiento que nos habilitaría a vivir en un mundo con la impronta de la armonía, la solidaridad y el entendimiento.

 

CODICIA, AFÁN DE DOMINIO Y BIENES MATERIALES

No se hubiesen suscitado los afanes invencibles de dominio los unos sobre los otros, la demencial codicia por los bienes materiales y la enceguecida política de destrucción de la obra divina de la Creación, con los admirables Reinos de la Naturaleza, legado de Dios a sus hijos, para que los aprovechen sensatamente y permitan su natural reproducción, sin perder la cordura por las riquezas que se desprenden de su naturaleza.

Los países llamados potencias con líderes que se acoplan fácilmente a las tendencias negativas que citábamos, están destruyendo sistemáticamente al medio ambiente, insustituible para vivir, contaminándolo a extremos de un aire irrespirable.

¿Por qué esa demencial conducta? fundamentalmente por la ausencia de una oportuna, desde jóvenes, edificación de la fe en Dios; cuando se tiene fe la persona que dirige los rumbos del mundo, que es una altísima responsabilidad, no incurre en estas demenciales decisiones de ingobernable codicia y dominación, pues posee el blindaje de la fe.

Aquel blindaje debe atesorarse cuidadosamente con la constante atención de la fe, por la mente que genera incontables pensamientos durante el día consciente, y también en las horas de descanso y, en los sueños, que debiéramos interpretarlos al despertar, pues son mensajes inequívocos del inconsciente, que usualmente contienen elementos aprobatorios o correctivos de nuestra conducta de interrelación, o dificultades íntimas aun en estado de depresión.

 

VORÁGINE EN LAS ACTIVIDADES MATERIALES

Un elemento que genera laxitud en el blindaje anunciado, es la vorágine de actividades materiales que insumen la mayoría de nuestro tiempo y que desarrollan secuelas en un comportamiento estable. Somos descaradamente proclives a la terquedad de continuar con el tratamiento de una dificultad en el trabajo o en el contacto con el prójimo, cuando ya pasó la circunstancia, cercenando el benévolo tiempo de paz y meditación, tan inexcusablemente necesarios para sustentar la fortaleza del espíritu.

El tiempo de paz y meditación profunda para encontrarse con uno mismo; extremo que una mayoría ofrece reparos en hacerlo, debido a un inevitable enfrentamiento con las sombras que cultivamos voluntariamente, precisamente para evitar su dilucidación o la desagregación de los defectos y la dualidad en la personalidad; hasta no perder el temor a la disolución completa de las dos personalidades y cimentarla en una sola en la intimidad y el exterior, no seremos compensados con la paz interior.

 

PAZ INTERIOR

La paz interior es un estado casi de santidad que irradia un poderoso efecto en las actividades del mundo material difícil de abstraerse por la necesidad del sustento. Es poderosa la paz interior debido a que en las actuaciones con el prójimo y la siempre existente y cruel competencia que suscitan los conocimientos adquiridos, nos ilumina y aclara la óptima manera personal de aventajar y situarse al frente con el conocimiento. No hay más hipocresía, hipótesis falaces ni posiciones estratégicas para vencer; la paz interior confiere esa fortaleza y es poco probable superar a quien posee paz interior solidada, obtenida adentrándose al doloroso proceso de la integración individual o la independencia absoluta de decidir, solo supeditada a la fe en Dios.

Ahora, después de lo que sucede en el mundo material por el influjo poderoso de la paz interior que se erige solo por la fe en Dios, imaginemos lo que sucede en la intimidad espiritual en referencia directa a la transformación completa de nuestra visión y acción sobre la interrelación con el prójimo,  pues ya se comprendió hasta su último sustrato la significación del mandamiento “amar al prójimo como a ti mismo” como un giro disruptivo de las actitudes hacia el bien y cuyo receptor es el prójimo.

 

ENFRENTAR A LAS SOMBRAS

La brutal honestidad que se debe abrigar para enfrentar a las sombras es un hito decisivo para el logro de la integración de uno mismo, pues mientras muchas personas se dedican a solucionar sus problemas convencionales, el espíritu le exige a la persona que desea liberarse de sus sombras la profundidad en el razonamiento; con este proceso la persona se pacifica y se concentra en su soledad en la transformación.

La soledad que se experimenta con este sufrimiento al aislarse no es una tortura, sino aquel proceso necesario para la precitada y ansiada transformación que desarrolla la capacidad de integración solo, porque los momentos más oscuros de la vida deben ser dilucidados en la intimidad, sin presencia alguna otra influencia de alguien debido a que una persona no es una significación de lo que ha logrado si no lo que es en sí. Todo ello hace surgir la interrogante: ¿Cómo uno se desembaraza plenamente de sus sombras? (defectos que causan la dualidad de personalidad), cuando ilumina la voluntad insistente de liberarse de los defectos debemos concluir que es distanciarse definitivamente de lo que no le pertenece; un ejemplo paradigmático es la del escultor que recibe elogios por su obra esculpida, además de la infaltable pregunta: ¿Cómo lo logro? la respuesta del escultor es corta y profundamente expresiva “Solo alejé de la obra lo que no pertenece a la belleza de la misma”.

Ahora no todo este proceso discurre sin extremas situaciones como el agotamiento, que es la depresión que se ejerce sobre la verdad latente en el espíritu, expresándose constantemente para liberar las sombras; es en este momento que el inconsciente asume el control de la situación; resumiendo que este agotamiento es el fin del ego y el comienzo de una autenticidad de sí mismo.

Esta autenticidad se exime o no está más supeditada a la interrelación humana, a su reconocimiento o aceptación del prójimo; es una verdadera liberación del espíritu y, menester, acentuar, sobre el agotamiento que no es físico, sino un sentimiento turbulento de inquietud, desestabilizador de la vida convencional cómoda y de zona de confort; este sisma solo se calma cuando el sujeto reconoce que el agotamiento no es el final sino el comienzo de una vida espiritual activa interna y externa, obteniendo la unidad; es otro inicio de edificación de la fe en Dios.

 

COTIDIANEIDAD

La materialidad de la vida cotidiana donde se introduce toda la fuerza en el trabajo o en el oficio, las 24 horas, los 12 meses y los años subsiguientes para lograr objetivos sin tregua hasta con ansia destructiva, se puede vaticinar un final frustrante porque internamente se erige el alma como una cruel compañera que es la voz de todas las intimidades que, en un estado de sentimiento ejercen una presión casi sin intervalos; esta invisible y poderosa presión tiene sustrato en las sombras que obtusamente se niegan, rechazan o se ignoran.

Parecería una paradoja, no lo es, pues en las sombras descansan las habilidades y otros aspectos positivos, que desvelan una gran dimensión de poder creativo, tendencia que no desaparece sino que deposita en el inconsciente, asumiendo energía casi compulsiva que impele manifestarse.

La paradoja reside en la arrogancia y el tóxico amor propio al criticar los defectos del prójimo, que son los nuestros y no los queremos aceptar ¿Cuál es la solución? los aspectos de la personalidad depresiva sometida y energizada por las sombras que intentan mostrarse al exterior, no deben observarse como un campo negativo; es el proceso de la integración a través de la transformación que deviene en una energía positiva.

Por ello las sombras o los defectos que oprimimos deben ser tratados con inteligencia para que irradien una verdadera liberación de la dualidad y lo interno y externo, configurando inevitablemente la presencia de dos personalidades; se arriba a esta cúspide no exenta de sufrimiento para disponer de la entrega espiritual con sinceridad  de identificar que es el momento cierto para iniciar la edificación de la fe en Dios, que se manifiesta en la conducción de la imparable actividad de pensamientos, palabras que se vierten, trasuntadas en actos y hechos con la impronta singular de hacer el bien al prójimo,  en concordancia a la intensa prescripción espiritual que nos legó Jesucristo en su mandamiento, momento definitorio de confirmación de la existencia de los cimientos para la edificación progresiva de la fe, que regirá nuestra vida espiritual, y se manifestará tangible en nuestros actos externos, sin resquicio alguno de dualidad.

Esta transformación interna que experimenta la persona que anhela encontrarse a sí misma como una unidad, para, recién, iniciar el camino de la comprensión del poderoso sentimiento de la fe y asimilarlo progresivamente, hasta convertirlo en un derrotero de conducta de interrelación y, sobre todo, la inicial apertura de una relación espiritual sin interrupciones con Dios.

No se podría en otro estado donde las cosas, a las cuales les asignaban gran importancia, ahora aparecen vacías y sin significado.

 

CONVICCIÓN Y VULNERABILIDAD

Con este sensible proceso interno, inequívocamente espiritual, la persona puede ser fuerte en sus convicciones y vulnerable a la vez; en el primer caso fuerte e intensa en comprometerse a esta transformación,  complicada, por cierto, y que no admite pausas debido a que su esencia es la relación espiritual con Dios, cúspide del esfuerzo de una persona para someterse voluntariamente y con la mencionada convicción a esta transformación trascendental que definirá su vida espiritual; también vulnerable debido a que esta característica le permite ser influenciable y permeable a las voces, escritos y expresiones a través de la comunicación informática sobre la fe en Dios y, encontrará todo tipo de blasfemias, burlas y expresiones peyorativas hacia su convicción; someterse vulnerable a esta exposición sin reparos de la crueldad humana, la fortalece sin dubitación, pues la fe  en ciernes la ayuda ostensiblemente a rechazar con serenidad todo lo que pueda constituir un propósito de debilitar su convicción de creer en Dios,  ser que no ve.

 

RELACIONES SOCIALES

Otro escollo que impide la liberalización del espíritu de las cadenas de las sombras, es el temor a perder la interrelación con amistades en una comunión rutinaria y condicionada por las exigencias visibles de la sociedad que conduce a nada. Lo último, si no se corrige, crea un complejo de inferioridad al no sobreponerse a una realidad que es tóxica, debido a que se mantienen las dos personalidades: una para sí, que es guardada bajo siete llaves y, otra, para el exterior.

El complejo de inferioridad hace muy crítica y sardónica a la persona, a la vez autosuficiente, como una defensa al complejo. Superar ese complejo requiere una profunda meditación para forzar una unidad espiritual que destrone la existencia de dos personalidades y encontrar la paz espiritual que habilita la persona a identificarse con su Creador y analizar lo que se pretende lograr con esta metamorfosis, que duele y confunde, pero se dio un paso trascendental para iniciar la edificación progresiva de la fe en Dios; es progresiva, lenta y serena por la exigencia interna de una entrega de la totalidad del espíritu que vivirá, culminando este proceso de convicción espiritual, en constante unión con Dios por la fe.

Este camino es solitario porque es independiente de lo externo y no necesita la confirmación o validación del otro, solo se siente que se eligió la verdad y el encuentro en uno mismo, que es un logro altamente significativo, después del sufrimiento de la soledad como elemento inexcusable para esa meta espiritual, ya desinhibida de sombras y dualidades que procrastinaban la elección voluntaria de la fe en Dios.

No resulta ocioso establecer una digresión entre el estado de soledad que es la ausencia de una persona a la pérdida de una unión acostumbrada; por lo contrario, estar solo es el estado de una profunda meditación con el propósito de encontrar ciertamente la paz espiritual y la serenidad para, en una decisión trascendental, iniciar la edificación de la fe en Dios.

La precitada paz espiritual presenta diferencias con la serenidad, aquélla es un estado calma y tranquilidad que se opone al estrés y a la ansiedad, alcanzable a través del razonar meditando y conectándose uno mismo. Es un sentimiento invaluable, sin precio para obtenerla, y se la alcanza buscándola activamente, sin establecer lugar y momento.

 

SERENIDAD

La serenidad es un estado de paz, calma y tranquilidad, mental y emocional, lo que supone ausencia de la irascibilidad latente, estrés y ansiedad; lo que importa es mantener el autocontrol y diafanidad del pensamiento en la incertidumbre o situaciones de caos emocional. No es fácil cultivar la serenidad debido a que exige una firme conciencia adosada de valores, la aceptación total de lo incontrolable o insuperable, ayudada esta acción con buenos hábitos como la meditación y las buenas lecturas y el autocontrol emocional.

 

LA PAZ ESPIRITUAL UNIDA A LA SERENIDAD

La paz espiritual y la serenidad son garantía, aunque no es el término apropiado, pues el ascenso lo genera la persona que se encuentra en ese superior trance de búsqueda de la paz espiritual, la cual es simultaneidad con la serenidad, actúan juntas para el mejor momento espiritual y sereno para exponer en la profundidad interior y consciente su creencia en Dios, logro inicial para la edificación de la Fe en o Él, que será una impronta inamovible hasta arribar a la inexorable finitud.

Esta paz interior transforma la persona en sus propias contradicciones ya que las afecta como su material emocional que caracteriza a su personalidad, empero, lo más benéfico y destacable de esta acción es que su actitud frente a las contradicciones del prójimo, será magnánima y de plena comprensión atenuando posibilidades de tensión que impiden el ejercicio virtuoso de la solidaridad.

¿Cuál es el motivo de entregarse a la materialidad del trabajo en forma obsesiva? la fijación de metas de trabajo es alentadoras siempre y cuando no se le asigne la inseparable característica de la obsesión sin freno. La persona que busca frenéticamente la cristalización de sus metas, olvidando que el espacio espiritual suministra la paz para meditar, razonar sobre el propio ser, logrando así el necesario equilibrio entre lo somático y lo psíquico.

 

FRENESÍ EN LAS METAS MATERIALES

Esa búsqueda sin desvelo y ofuscada de las metas fijadas, proscribe a la persona a una tácita vaciedad en su vida, creándole una inestabilidad en su conducta que deviene en decisiones erráticas. Estado caótico pues su incontrolable frenesí por los logros genera un panorama devastado en lo que concierne a la vida espiritual, complemento superior en el tránsito de los humanos ya en su vida biológica.

 

SILENCIO

Un estado y una conducta que coadyuvan a la meditación y a la conquista de la serenidad; es el silencio y callar sobre la intimidad de la vida nuestra. Es preceptivo, como recomendable que, cuando se ejercita el dominio de la lengua cuántos comentarios, críticas cáusticas y situaciones desagradables se ahorrarían. El silencio cauto evita buscar la aquiescencia y aprobación de nuestros actos por otros y, cuando no se desvela se ingresa a una intimidad benéfica, el cerebro entiende óptimamente el silencio porque en un trascendental objetivo como es la fe en Dios; una semilla invariable y que prospera toda una vida. Esta semilla no debiera desvelarse porque justificarse ante el otro posterga su desarrollo y se convertirá en erial. Asimismo nunca debe aclararse que uno es un pensador o escritor, porque usualmente encontrará el bullicio la crítica y se perderá energía; en detrimento de la intensidad de continuar con el propósito. Se debiera trabajar en el silencio de la serenidad y de esa forma se ayuda a los que lo necesitan sin ambición de recompensa, que es seguir con la adquisición interna de virtudes que crecen y se fortalecen en correspondencia directa con nuestros pensamientos y palabras que transitan en obras que no son retroactivas y, si son buenas, nos señalan el camino del inicio de la edificación de la Fe en Dios.

El proceso interno y razonado nunca espera recompensa o aplauso que sería un absurdo, equivalente a aplaudir al sol; cuando se guardan herméticamente los actos buenos, también las intenciones sin publicarlas al ámbito de las relaciones humanas se adquieren algo invaluable: carácter.

 

INTROSPECCIÓN

Un episodio recurrente en la multiplicidad de relaciones sociales que mantenemos con tónica de rutina, son los amigos que nos observan y se apoyan en uno considerándonos sus salvadores, y esa dependencia casi involuntaria solo por el temor de aislarse ingresar a una  tácita soledad, impiden que nos encontremos a nosotros mismos, a nuestro interior, ávido de desechar las sombras de las servidumbres humanas trasuntadas en defectos; el espíritu reclama independencia de las anclas sociales para dilucidar la introspección; conocerse a sí mismo es un esfuerzo trascendental en el ser humano, difícil por cierto, porque nos aísla de la rutina cotidiana y nos enfrenta a estar solos, no a la soledad; momento para cerciorarnos a eliminar el miedo y concluir que estar solo es una riqueza espiritual que posibilita con certeza, ya absuelta la introspección, a aceptar nuestra condición imperfecta, comulgar  sinceramente con nuestro ser y descubrir que nuestros defectos constituyen una energía o fortaleza para mejorar.

Esta transformación impele a la voluntad a la búsqueda de la paz espiritual que, lograda, decantara en la sensación perceptible solo por la persona de una necesidad irrefrenable de iniciar,

con una declaración profunda, la edificación de la Fe en Dios. 

 

DECLARACION DE FE

En este transitar que acomete esta obra se encuentra, inequívocamente, otro momento definitorio para decidir sobre la vida espiritual, imprescindible para la estabilidad de la persona debido a que una dedicación exhaustiva a las cosas materiales, llámense logros económicos o de fama, genera una vaciedad espiritual ensombreciendo la vida del individuo, y la distrae irreflexivamente con la  rutina de la materialidad, hasta recibir un remezón de la conciencia y sobre todo el inconsciente que manifiesta su fortaleza, acallándola con la declaración de fe y su plena convicción a conducir su vida asignando prelación al poderoso sentimiento de la fe en Dios.

La declaración de la fe, acción personalísima o intuito persona de intimidad, incomoda a las relaciones sociales, específicamente al círculo de amigos próximos que se apoyan en uno, por temor a perder el soporte material e intelectual, traducido en seguridad.

Parafraseando al inefable Borges que nos legó: “nadie es patria pero todos lo somos” así la fe hace patria en el espíritu y se inicia una vida espiritual nunca imaginada, teniendo como causa eficiente la situación de privilegio ante Él; con fe nos comunicamos mediante un sentimiento que solo puede destrabar el creyente, a cualquier momento, no solo en los álgidos y desesperanzadores, sino se establece una relación espiritual constante sintiendo la presencia de Dios, porque se cree firmemente sin cuestionamientos, incertidumbres ni resquicios de duda, tanto en el consciente como el inconsciente, y ante la tentación de dudar, siempre presente en la vida humana, la resiliencia no endurece el corazón.

El inconsciente reclama el silencio con una profunda serenidad y no es para temerle sino el punto de quiebre para algo nuevo; es un raro sentimiento que pugna a aislarnos de la costumbre social, los amigos y las reuniones con diverso motivo.

Este sentimiento, casi compulsivo en su energía interna, además de distanciarnos socialmente, aísla, no por sometimiento a un castigo sino para iniciar una transformación del ser, acostumbrado a la cotidianidad de la repetición; es fundamental esta metamorfosis para un remozamiento espiritual definitorio e iniciar la comprensión progresiva del poderoso sentimiento de la fe y que nos lanza a edificarla.

Muchas personas nunca conocerán, menos experimentarán esta transformación, porque no supieron interpretar esa necesidad o llamado interior de aislarse para una profunda y constante meditación sobre el cuidado de la vida espiritual.

La rutina de la sociedad que la atesoramos inconscientemente, paradójicamente, comienza a aislarnos de ella, porque si no lo hacemos tendremos que declarar algo intenso, intimo e indescriptible que conmociona pues se valora la importancia de la intimidad.

Este aislamiento se intensifica porque las metas que en su tiempo nos propusimos alcanzar, ahora, no se adecuan a lo que se descubre con la transformación del espíritu; antes cosas que nos entusiasmaban sobremanera, ahora se las observa banales, sin sentido y vacías.

Cada puerta se cerrará y no se podrá huir porque todo este aislamiento, la pena y la soledad, los sueños prestados que nunca se realizaron, nos sitúan en el umbral de la definitiva transformación que se manifiesta perceptiblemente porque los recuerdos retornan con claridad y los sueños se reactivan debido a que el inconsciente desea que se los descifre.

La pena y la soledad que avasallan al espíritu no deben asimilarse como un sufrimiento; son elementos que se desprenden de la propia situación de aislamiento y son la energía para reaccionar e impulsar una transformación dolorosa y solo se la logra por el propio esfuerzo espiritual.

 

CAMBIOS SUCESIVOS

Esta transformación modifica la conducta y, a medida que discurre el tiempo, se experimentan cambios sucesivos que impelen a una profunda confrontación con las sombras para superarlas y lograr la autenticidad del ser que, como reflejo involuntario, se siente perceptiblemente la necesidad de declarar la fe en Dios.

Así, con tenebrosa realidad en correspondencia con la verdad, veremos que la persona antigua y su forma de ser acostumbrada se desmorona y muere, metafóricamente, para iniciar una intensa vida espiritual morigerada por la fe en Dios.

Es una verdadera transformación con sustrato en sí mismo y que se descubrió hasta ahora, debido a las expectativas materiales y de fama personal del mundo.

Esta desestructuración del relacionamiento social generada por el aislamiento es la oscura fase del alma, dolorosa y saturada de temor, sin embargo, se encuentra al verdadero yo y se comienza a ser uno mismo con autenticidad.

No es fácil superar este desequilibrio porque las antiguas sombras reaparecen con inusitada fuerza, con intención de provocar la pérdida de poder de uno mismo, donde la atención es una fuente de creatividad y que el inconsciente exige para recuperar el dominio y siga discurriendo la transformación; camino para el cual uno se prepara obteniendo como resultado tangible conocerse a sí mismo.

La precitada energía invoca a un desarrollo incesante de la espiritualidad e impongas la Fe; espinosa tarea y necesaria a la vez, para reconocer diáfanamente quiénes somos.

In absentia lucis tenebrae vincunt : en ausencia de la luz prevalece la oscuridad, empero, las sombras trasuntadas  en nuestros defectos  que los identificamos en el prójimo sin aceptar reconocerlos en nosotros, son temporales y se los supera con la profunda meditación y el aislamiento,  ámbito donde debe imperar la honestidad para asumir nuestras sombras, como una energía positiva que conduce el encuentro de uno mismo, reconocer la vaciedad espiritual de nuestra vida cotidiana, para, como objetivo teleológico, declarar la fe en Dios.

 

EL YO UNITARIO

En tratados de filosofía encontramos las cogitaciones  más profundas sobre la fe, tanto en sentido estricto como lato, que se apoyan en la ciencia teológica, empero, el intento se resume a la actividad espiritual personal y voluntaria, en penetrar en nuestra psique para definirnos como un yo unitario, liberado de los anclajes de la duda y apoyado con convicción y confianza inconmovibles; las cuales van penetradas por el sentimiento caracterizado por el fervor casi religioso a la persona en quien se cree, punto de inflexión por donde ya no se toman en consideración los conocimientos y testimonios de otros; es una declaración de fe en Dios, por propia actitud sin verlo o esperanza de revelación, debido a la imposibilidad de que cada ser humano reciba la revelación que confirmaría su fe, anulando la realidad incontrovertible de creer sin ver.

La acción voluntaria en buscarse a sí mismo a través de profundas meditaciones que crean el espectro espiritual propicio para percibir el llamamiento divino que se manifiesta como el "sí" a la declaración de la fe en Dios.

La búsqueda del silencio pleno para alcanzar el razonamiento profundo, consiste en concentrarse en el interior nuestro, además, no hacer que la voluntad dependa de bienes externos, porque estos no añaden nada al esfuerzo; logrado, es otro momento para encontrarnos y tomar la decisión trascendental; también podemos, en antítesis al esfuerzo del silencio, dejar que la vida nos arrastre o trazar nosotros el propio rumbo.

Una equivocación en el rumbo trazado supone la posibilidad de aprender y corregir; no diseñar nuestro rumbo espiritual asegura colisionar con cualquier obstáculo que se interponga y errar en la decisión de encontrar la vida espiritual para nuestro ser significa que no hay la condición para la declaración de fe en Dios.

Lo anterior es una dolorosa confirmación de la dedicación a hacer, actuar y ejecutar dejándonos arrastrar por el vértigo de la actividad. El detenerse serenamente a pensar y meditar sobre nosotros mismos, es valorar nuestra vida y explorar sin pausa nuestro interior con el silencio y el estar solo; acción por la cual comprobaremos que todavía no somos una unidad sino una dualidad en nuestra personalidad; actuando de una manera en el exterior por las convenciones sociales que no alcanzan correspondencia con nuestro interior; el silencio, la meditación y el razonamiento profundo desatarán ese anclaje y se asomará a la ansiada integración; otro crucial estado para declarar la fe en Dios.

El logro de ser uno mismo, hace que no hagamos juez a la opinión popular, sino a nuestra propia conciencia, como ayuda consistente en la búsqueda de sí mismo, objetivo último que radica en la construcción de una personalidad unívoca.

El tiempo de reflexión y apego a la cordura es el mayor capital y posesión que disponemos y, desaprovecharlo supone tanto como dejar pasar la vida anodinamente.

 

VIDA PERDIDA SIN RECUPERACIÓN

La experiencia nos hace convenir que la realidad más difícil de controlar en nuestra vida con respeto

a nosotros mismos, la encontramos en el tiempo, fácil de perder e imposible de recuperar; por ello, ante realidad tan grave, cuanto más pronto aprendamos a valorar el silencio, la meditación y el razonamiento profundo, menos difícil será el encuentro con nosotros mismos, para, con diáfana sinceridad espiritual, hagamos nuestra declaración de fe en Dios.

 

INTERROGANTES

Las lectoras y lectores de este libro sentirán la necesidad de preguntar ¿Por qué se dirige el crecimiento de la persona para la vida? ¿Qué inquietudes padecen los abogados, médicos, los trabajadores y los estudiantes? también ¿Qué problemas preocupan a los profesionales y ciudadanos que ostentan cargos de responsabilidad?

Todas estas interrogaciones medulares inclinan a situar primero a la salud, luego al trabajo que repercute en los hogares y, ahora, lo que en verdad interesa, preocupa incesantemente o queremos, son los planteamientos de la humanidad y la validez de sus apreciaciones, que se mantienen con igual fuerza, porque se refieren a nosotros, los seres humanos.

Entonces, no se trata de temas profundos como la filosofía pura, sino meditar y pensar acerca de la vida diaria, de lo que nos pasa mientras vivimos y, ahí, reside la fortaleza de la auténtica filosofía y de nuestros cuidados.

Es cierto que los grandes asuntos trascendentales que son mayormente materiales, inclinan a la curiosidad y al afán de saber, empero, lo que más nos inquieta, es buscar soluciones para los problemas habituales con las personas que tratamos en la cotidianidad y los desvelos que nos acompañan o viajan con nosotros en este camino.

Y ¿ nos preocupamos de nuestro ser interior? aquí, antes de detenernos a pensar, hablamos con los psicólogos y buscamos medicinas que ayudan a nuestro estado de ánimo, entonces, surge providencialmente la necesidad de apreciar el silencio que nos transfiere directamente a la meditación y a encontrarnos a  nosotros mismos; esta transición vital provoca  el pensamiento y la intención  incontenible de detenernos en aquello que pasamos por alto entre la prisa y la urgencia cotidiana, como una cefalea que toca una parte sensible de nuestro cerebro y, ese es el llamado del inconsciente que reclama una unidad en nuestra personalidad ; unívoca para el interior y el exterior, acción que nos deparará la paz interior, sentimiento  poderoso que es imprescindible para un obrar correcto, ella nos impulsa a meditaciones profundas estando solos y valorando ese estado; único para descubrir nuestro verdadero yo y su autenticidad.

Es otro momento de dominio de las pasiones y deseos, llegando, de este modo racional, a la serenidad, a la tranquilidad de ánimo, también llamada ataraxia y se transita mediante el cultivo de la filosofía que nos enseñará a encontrar el sentido de las cosas y aceptarnos a nosotros mismos, con nuestras sombras que, aceptándolas, se transforman en fortalezas para nuestra definitiva integración.

Esta integración es el fruto de las exigencias del inconsciente como unidad, siendo el inicio de una verdadera transformación por la cual se asigna prevalencia al espectro inagotable de lo espiritual.

Obtenida la unidad del yo, sensación única e indescriptible de la paz espiritual, que habrá que fortalecerla con la declaración de Fe en Dios; inicio de la edificación de la misma como una constante de vida inseparable.

Cuando hablamos en público utilizando la oratoria, nos proporcionamos frecuentes reflexiones y a los demás por la fuerza de la palabra aplicada para persuadir a dedicarse al conocimiento, a la práctica de un comportamiento idóneo frente al prójimo. Cada vez en nuestros días se aprecia esta habilidad, sobre todo en la universidad, porque posee una fuerza indudable a la hora de presentarnos nosotros mismos con nuestra preparación a otras personas, sobre todo a los estudiantes; aquí no proporciona los mismos efectos hacerlo bien que mal; no se obtiene la misma eficacia dejar una presentación o una clase académica a ver lo que sale, que otra ejecutada con preparación y técnica oratoria, siendo todo esto pura materialidad que nos enfrenta a una reprimida necesidad: ¿Cómo nos preparamos para hablar con Dios? con la declaración de Fe a su vida terrenal ejemplar, a sus enseñanzas y a sus virtudes en creer firmemente en su Padre; aquí comienza la injerencia de la Fe en Dios en nuestro espíritu.

 

ACEPTARNOS

La aceptación de nosotros mismos significa la integración y lo que los otros no aceptan; es la verdadera fuerza que nos hace asignar la mejor atención al “¿Quién soy yo?”, como fuente de la autenticidad, de positiva afirmación y reivindicación del amor propio que exige una brutal honestidad espiritual.

El camino hacia la fe comienza con el silencio que transfiere a la meditación, razonando profundamente cada cogitación. Todo este movimiento del pensar es un rechazo a la resignación que es pasiva; por lo contrario, la propia aceptación es positiva y un llamado vehemente a la sensibilidad, es decir que se invierte en energía en no tratar de complacer o gustar a otros, sino mejorar a sí mismo, sin influencias, sin egoísmo, pero con ego a la ambición y a la realidad; ambición a estructurar la fe en Dios, como evolución estratégica del espíritu; evolución nada fácil motivada por la lucha previa entre la aceptación de nuestras sombras que, vencidas y superadas, transmiten energía al espíritu que se acrisola en una unión indisoluble con Dios, por la fe edificada.

En el espíritu emana  una inconfundible sensación de satisfacción, que se diferencia de la comprensión prosaica del concepto que sería comer bien, o cumplir los requisitos materiales para obtener soluciones a los problemas cotidianos; empero, la satisfacción espiritual es emprender algo que nos otorgue perdón, por aferrarnos  gran parte de nuestra vida a lo material; liberados de esta situación obsesiva por lo que vemos; el resultado es el dominio de las pasiones  que, sin aquietarlas son el vórtice para un sinnúmero de desgracias, privándonos de premiar en equidad los méritos del prójimo.

Conseguida, después de esta transición de sensaciones dispersas que nos confunden por incertidumbres reticentes a desaparecer, la paz espiritual irrumpe con la fuerza de un sentimiento poderoso que, unido al inicio de la edificación de la Fe en Dios, se ha logrado aprobar el examen de nosotros mismos más crucial y definitorio en nuestra vida terrenal.

El alma escucha el sonido perceptible del cambio en calma pero con energía, anhelando un cambio veraz, porque no es algo falso sino el encuentro del alma en un nuevo sentido; en un nuevo comienzo con ese sentimiento que, en palabras, es complicado describir; es una energía que trasunta en una fuerza no externa sino expresamente en el vasto interior y su inicio, sin barruntos, se desarrolló en los momentos más desafiantes de la vida.

Es una separación de lo que no nos integra y no es porque aquello que nos separamos sea malo, sino es necesario para la transformación que exige el interior.

Es un “Dios me llama” y escuchar esa sensación de voz, en esa paz interior, que es evidente y cuando se deja de luchar por las cosas prosaicas, sino por algo superior se suscita el encuentro con nosotros mismos. Es un modo de preparar al alma para esta transformación y todo lo que se deja no es pérdida, de ninguna manera, sino liberación de lo material. Dejar lo anterior, lo acostumbrado en nuestra vida rutinaria, nos prepara para una nueva vida, no sin sufrimientos por lo que se deja, sin esforzarnos en nada para recuperar lo cotidiano, lo antiguo.

 

RUPTURA

Es una ruptura, pues se ven las cosas que antes eran rutina como algo no esencial. Por esta acción, casi disruptiva, no necesitamos justificarnos, por desechar la materialidad que nos acompañaba casi como una inherencia, posibilitando ver con claridad nuestros defectos, asumirlos, reconocerlos, vivir con ellos y transformarlos en energía positiva.

Importante es conocer que muchas mujeres y hombres experimentan en su interior que son diferentes y en ese sentimiento, hay algo que los conduce a otra dimensión; también ese sentimiento es un inicio de desprendimiento de la familia, un ámbito donde se construye un propio orden de reglas; donde, desde niño, se erige una interrogante que establece el sentir lo que no estaba permitido y esa etiqueta de oveja negra que le asignan al niño o adolescente, no es otra cosa que el afán sostenible de búsqueda de la verdad en el inconsciente.

El joven adolescente percibe la influencia de la madre que anhela vivir una vida que no le está permitida y, el padre, contiene siempre las lágrimas que debía derramar en el momento preciso.

Estas actitudes influirán muchísimo en el joven y a su constante rol de inquisidor y contestario en la familia para adquirir madurez; lo hace sensible en la dinámica de la familia.

Usualmente, cuando el niño o el joven sueña con una aspiración le dicen que es un idealista y cuando está enojado y desdobla su carácter, le dicen que es un defecto; cuando es una energía para reconocer y aceptarla en el inconsciente, que la suma para su unidad de personalidad. Comienza a aprender que no necesita de la satisfacción de otros y él solo dilucida las oscuridades del saber y a desechar la angustia por la transformación, desarrollando el coraje para buscar la verdad que es un llamado del alma para la edificación de la fe en Dios.

 Llegó a este excepcional estado porque asumió que el precio de la verdad es la soledad, entendida como saber estar solo, animando a la soledad espiritual.

 

EL MISMO JESÚS NO FUE ENTENDIDO

Escribimos que la familia es el organismo donde se suscitan las actividades principales que deben ser examinadas correctamente, porque es la proyección de la vida; el propio Jesús no fue entendido por su familia, en momentos de búsqueda de estar solo, que  es un sufrimiento de la transformación que se convierte en sabiduría; caer para levantarse ayuda a comprender que la sensibilidad es una poderosa energía, en antítesis a la superficialidad que sería la negación del propio desarrollo espiritual o del ámbito interior; construyendo uno mismo su propia energía, suficiente para declarar su fe.

Superlativamente importante es situarnos en la realidad, que es la comprobación de la existencia de algo; es una prueba objetiva que vivimos y desarrollamos una intensa actividad interior que sería preceptivo encauzarla para acceder a las tres formas conocidas de la realidad, es decir, comprenderla, cambiarla o soportarla. Naturalmente, lo escrito es muy complejo y sobre- puja al mero análisis, por ello facilita la comprensión de las tres formas de la realidad, descomponerlas; comprender la realidad inexpugnable es no oponerse ni pugnar contra ella; aceptamos la finitud de la vida con sosiego y paz para disfrutarla; cambiaremos ostensiblemente nuestra realidad con la constante adquisición de conocimientos y virtudes y, finalmente, soportaremos nuestra realidad cuando no emprendamos las dos alternativas.

La vida deja su impronta en la realidad exterior y la interior ¿Qué se debiera hacer para evitar la constitución de dos personalidades; una para el exterior y otra para nosotros? la dualidad de personalidad procrastina el esfuerzo de encontrarnos a nosotros mismos, a reconocer y aceptar nuestras sombras o defectos y a vivir con ellos, como una fuente de energía para una unidad de persona; nuevamente se alcanza con esta reflexión sobre la gélida realidad, el otro estado ideal para declarar la fe en Dios e iniciar su edificación diaria, a expensas de la intensa actividad de nuestra mente.

La expresión de esa energía en palabras que trasuntan nuestros actos al exterior, siempre con la teleología de hacer el bien al prójimo.

 

FE Y CREER

Previo a finalizar el libro, me apartaré de lo que afirmé anteriormente sobre la prescindencia de la consulta religiosa. Al principio debería haber explicado o trasladado a los lectores la aclaración de los conceptos "Fe" y "Creer “que se emplearon frecuentemente en esta obra; así, se traducirían estos conceptos bíblicos, los cuales, son, a su vez, versión latina de los correspondientes griegos: la fe, particularmente en San Pablo, designa el nuevo camino de la salvación abierto a la gracia de Cristo en oposición a la ley del Antiguo Testamento.

En estricto sentido se entiende por fe a aquel acto que expresa la primera respuesta del hombre al llamamiento divino de la gracia, es decir, la libre auto manifestación.

Eso es todo lo que tomaré al pie de letra del “Diccionario de Filosofía” de Walter Brugger, editorial Herder, Barcelona, que fue elaborado con criterio seguro, porque acentuó el hecho de que en filosofía lo que importa sobre todo es el conjunto del pensamiento.

Esas auto manifestaciones son precisamente los diferentes momentos enjundiosos que se esbozaron para la declaración de fe en Dios.

La vida es larga si está llena de espiritualidad y cuando este estado procura el propio bien y se tiene dominio sobre sí mismo. ¿Sirven a una persona vivir ochenta años en la inercia?

 

AÑOS

Se generan diferencias en los años vividos, así, para unos, no vivieron, pues se retrasaron en la vida; no tardaron en morir, sino que tuvieron una muerte larga. Otros mueren en la flor de la edad, pero cumplieron sus deberes de buen ciudadano, buen amigo y buen hijo, es decir, su edad fue imperfecta, pero su vida perfecta. Eso es lo externo de los humanos en sus diferentes variaciones, empero ¿Fue perfecta la espiritualidad de esos hombres? ¿Cuidaron su espíritu con la necesaria prolijidad para acercarse y consolidar la fe en Dios? ¿Llegaron a esos momentos de soledad y de profunda meditación para aclarar su fe en Dios sin verlo?

La edad es algo externo a los humanos ¿Cuánto tiempo viviré? es algo ajeno, pero ¿Cómo viviré el tiempo que viva? eso es nuestro. Entonces, ante esa realidad inmodificable debemos, nos dice nuestro inconsciente, vivir hasta alcanzar la sabiduría necesaria y labrada en el espíritu para declarar la fe en Dios.

El tema de la fe es complicado por su esencia y definición, inextricable por ser un sentimiento poderoso que solo nace en el espíritu de la persona como consecuencia de su declaración de fe; estado que es casi imposible transmitir con plena exactitud a quien nos oye.


INTENCIÓN DE LA OBRA

Esta obra como creo, la han intuido los lectores, intenta, con imperfección, descubrir la orientación de los medios para encontrarnos a nosotros mismos, con una exhaustiva introspección a nuestro ser y a su auténtica identidad espiritual, pues, para declarar la fe en Dios, sería inexcusable no transitar por los intrincados senderos de la intimidad para reconocerse como una unidad, aliviándose de toda influencia o ancla exterior.

Se infiere que la intención de orientar del autor, no está apoyada con estudios de Derecho Canónico u otro estudio de esencia religiosa; igualmente carece de los consejos sabios que pueda compartir un religioso. Está concebida por una persona común en inherencia con la natural experiencia de vida y la incontable multiplicidad de opiniones y lecturas que se acumulan en el decurso de la vida de aprendizaje que solo concluye con la finitud, denotando en la conclusión, estrictamente personal, que no se debiera transitar por la vida de manera anodina, privándose de una declaración de fe en Dios, en cualquier religión, sea cual fuere.