FE
Dr. Mg. Raúl Omar Pino-Ichazo
Terrazas ©
Conciencia significa un saber concomitante acerca de la existencia psíquica propia y de los estados que, en un momento dado esta se encuentra. Se debe poseer conciencia de Fe. El autor.
LA FE ES UN SENTIMIENTO PODEROSO
La fe es un sentimiento inexplicable en su concepción acabada, debido a
que emana de la firme convicción de crecer sin ver, acción que configura un
enfrentamiento interno del individuo entre la verdad hipócrita que se expresa
externamente y la verdad única que es la decisión soberana del espíritu.
Se pueden consultar diccionarios enciclopédicos, exegéticos y
filosóficos para aproximarse a la comprensión del concepto de fe que,
naturalmente, son un elemento de valiosa ayuda, empero, el sentimiento poderoso
de la fe solo puede ser percibido en su real acción y transformación del
individuo por propia vivencia, que constituye un ámbito impenetrable de
compartir y extraer percepciones, debido a su exclusiva condición de intuito
persona o personalísima.
La verdad única es la consecuencia de la liberación que
experimenta la persona de sus propios
temores, miedos, debilidades y fortalezas que desunían a su espíritu por la
dualidad del comportamiento externo para sus relaciones sociales y el público y
lo que es en esencia; mientras no se produzca la correspondencia entre ambas
dualidades no surgirá la única verdad que
generará el reencuentro de dos personalidades, esta vez, solo unificadas
por la verdad ; trabajo espiritual incesante muy difícil, con frecuentes depresiones y estímulos, de caídas
y recaídas hasta el encuentro del poderoso sentimiento de la fe con el espíritu
del individuo que caminó por la senda extremadamente complicada y ardua de individualizarse sin influencia y
ejercicio de poder sobre otros, sin imposiciones ni sometimientos; sin el temor
latente de decir no al prójimo y sentirse aliviado por la acción, pues de ceder
la acción no sería sincera ni honesta, solo por cumplimiento social y auto engañarse.
DEMONIOS SOMBRAS O DEFECTOS
Vencer a los demonios o mejor a las sombras que acompañan a nuestra
intimidad no debe constituir un enfrentamiento sino un desafío, debido a que
aceptando nuestras debilidades y defectos, el resultado será siempre positivo y
surgirá la difícil conciliación que es la verdad única. Desde este momento el
individuo ya no actuará dualmente: hipocresía para el exterior y represión para
nuestras sombras, entonces, aparece diáfana la conquista difícil de la fase de
la integración de las sombras como un paso necesario para la unidad.
PROFERIR BENDICIONES
Una manida costumbre superficial e hipócrita es utilizar el nombre de
Dios para proferir bendiciones en nombre de Él; cuando la esencia de la fe,
cuestiona a esa manía reflexionándonos sobre el respeto necesario a Dios,
consultándole antes, en una previa meditación íntima para que Dios bendiga a la
persona que dirigimos las frases "Que Dios te bendiga” “Muchas
bendiciones” y otras alocuciones similares.
Un deseo sublime, como lo es bendecir a una persona, exige el contenido
espiritual de una previa petición con fe a Dios. Esta acción asume un efecto
profundo en quién es bendecido por otro prójimo que, a su vez, lo hizo con
previa expresión de su deseo sincero a Dios.
Cuando se pide una bendición a Dios, la persona debe haber
experimentado la transformación que genera poseer Fe. Dios acoge las peticiones
de sus hijas e hijos que creen en Él sin haberlo visto y rigen su vida en cada
acción de pensamiento, palabra y obra por la fe y, observen que, a mayor
esfuerzo que realizamos para definir en forma acabada la fe, más inextricable
es su concepto debido a que es un sentimiento poderoso y divino que pertenece
al ámbito de Dios. Un sentimiento inenarrable por quién lo ha edificado con
plena convicción es el que concede a la persona el carácter de privilegiado,
pues con fe se comunica con Él a todo momento; es el milagro de la fe que le
concede paz espiritual, otro sentimiento indescriptible porque la paz interior
es, con aproximación, vivir en santidad arropada por las virtudes que se
adquieren viviendo y actuando en las interrelaciones humanas.
BÚSQUEDA DE SÍ MISMO; ESTAR SOLO Y SOLEDAD
Para concentrarse en la búsqueda del reconocimiento sincero de sí
mismo, se necesita saber estar solo que se diferencia sustancialmente de la
soledad; cuando el espíritu se encuentra e inicia la transformación se erige
una atracción irrefrenable hacia la convicción de creer en quien nos creó, y
esa convicción nos despeja el camino hacia la fe porque llegar a este punto
significó enfrentarnos en una dialéctica de entreveradas dudas e incertidumbres
que ensombrecen la claridad que se añora; el resultado cuando la convicción se
impone es la declaración unívoca de fe que guiará nuestra vida por la senda
hacia Él.
La senda es superable al no existir separación entre nuestro
comportamiento frente al prójimo que tiene el basamento de las enseñanzas de
Cristo en la tierra, sus ejemplos y evangelios. Acción que amplía la
comprensión por las diarias interpretaciones que concluimos sobre sus palabras
y, cada interpretación que desarrollamos en la intimidad espiritual es un
avance a una nueva fortaleza de fijación de ese esfuerzo interpretativo y la
conducta de union con Dios. Creemos en Él sin desalientos, solo motivaciones
que las asumimos como vida espiritual intensa en el conciente e inconsciente,
transformando el espíritu en parte inherente a Dios, porque cada acción que
genera el pensamiento la trasunta en palabras hasta el hecho recibiendo la
generosidad de su sabiduría, preservándonos de dañar a nadie, específicamente
al prójimo que es nuestro reflejo.
EDIFICACIÓN DE LA FE
Vivir en la fe edificada por uno mismo como un sustrato de indeclinable
convicción por creer sin ver; esta estructuración de la fe no es sencilla ni e
inmediata, debe vencer a las expresiones y pareceres contrarios que pululan e
influyen en nuestras interrelaciones humanas por sociedades prejuiciosas que
delatan su animadversión a ser dependientes confesos de Dios; expresan su indisimulada soberbia con la
característica de la autosuficiencia que prescinde de la declaración espiritual
de Fe a Dios y eligen vivir con albedrio personal ilimitado sin ataduras
espirituales que son establecidas por las Iglesias dispersas por el mundo, y se
diferencian solo en lo exógeno y todas se dirigen a Dios, a un solo Dios.
Este fundamental y decisivo encuentro con la intimidad parecería, en un
principio, encontrarse en el precipicio de la vida y el momento preciso que se
identifican las sombras que, aparentemente, podrían ser designadas como muestras
evidentes de debilidad; por lo contrario, es un momento crucial del
descubrimiento de una fuente de fortaleza de
profunda dialéctica interior, que nos convence no estar contentos con lo
hecho hasta ahora espiritualmente; esto
impele a quitarnos las máscaras, mostrándonos entusiastas y equilibrados al
exterior, empero, internamente decepcionados.
Este despojo de las máscaras como manida costumbre de aparentar ante
las exigencias sociales, ayudan definitivamente a, por fin, entrar en diáfano
contacto con nuestro interior; este estado obliga a decidir sobre la vida
espiritual y si la convicción es irrebatible, surgen los primeros atisbos de la
fe, y comienza o es el inicio cierto de
la edificación de la misma ¿Cómo se presume edificar la fe? aunque la pregunta
podría despertar la sensación de recibir la respuesta cierta para no caer en la
soberbia de poseer la verdad, siempre será una aproximación, debido a que esa
vital transformación tiene una senda de prelación en la intimidad para cada
espíritu que llegó a este estado de confrontación interior y la edificación
progresiva de la fe. No es inmediata en su consolidación, además de ser en su
más pura esencia reservada; es una vivencia individual que, paradójicamente, es
complicada definirla para nosotros mismos, entonces, será por decantación más
difícil aún expresarlo al exterior por su característica de provenir de lo
divino; consecuentemente un ámbito inexpugnable reservado a Dios.
Se explica este ámbito de lo reservado a Dios y lo arduo en latente
meditación interna que consiste en edificar la fe, pues nadie quiere lo que
desconoce siendo la equivalencia en dificultad, a creer en lo que no se ve.
Como sabemos que no hay obligación sin causa, esta solo emana después
de una confrontación con las sombras y haber reconocido que aquellas no son
negativas sino contribuyen eficazmente a anular la dualidad y a proveernos de
fortaleza.
En este estado de integración única de la persona la causa se hace
evidente y se debe decidir sobre creer o no, entonces, hecha la elección de
creer en Dios no queda margen para elegir y comienza el recorrido de la
simultaneidad de conceptos, arduo camino que requiere plena atención consciente
e inconsciente, además de motivante, debido al sentimiento inequívoco de
felicidad y privilegio de haber decidido bien.
Esa libertad de elección es cosa inestimable pues queda exenta de
influencias o tendencias externas, es la decisión de creer en Dios, que se
configura sola como causa eficiente la hasta ahora vigente dualidad interna y
la simulación e hipocresía, y el efecto es creer en Dios.
Está crucial elección no se la asume por necesidad pues excluiría la
presunción de liberalidad. La necesidad de integración única que debe absolver
todo ser humano para su propia estabilidad interna y externa es decir un solo
yo, librado de la simulación; no se la acomete por ignorancia, pues ello
suprimiría todo ánimo de continuar con la edificación diaria de la fe en Dios.
Elegida esta trascendental acción no se la puede alterar ni modificar
debido a la expresión hecha con madurez de creer en Dios, cuyo sendero único a
influjo de la fe nos conduce hacia Él.
Toda la vivencia anterior antes de someter a nuestro espíritu a esta
confrontación hasta obtener un solo yo, tránsito harto difícil por cierto,
anula la simulación acostumbrada para complacer a la sociedad, entonces, el
individuo ya no muda la sustancia de la verdad y la encuentra.
¿Por qué engendra dificultad creer en Dios? porque Dios es una entidad
ajena al mundo y por lo tanto no puede ser conocida por la experiencia. El
excepcional filósofo de Koenigsberg, Kant, defendió que esa entidad no puede
ser demostrada ni negada por la incontrovertible aseveración de creer sin ver a
Dios, espiga un mérito espiritual trascendental en la vida humana.
La decisión trascendental de creer en Dios se dificulta aún más por la
inveterada tendencia al entorno social complaciéndolo, voluntaria o no, a la
costumbre que enraíza a los pueblos en su dialéctica, que es más que conversar
sobre Dios.
Las conversaciones transmiten hechos y opiniones, es decir, que es
histórica o deliberativa. Esta dialéctica tiene mucho que ver con la
comunicación de dos seres racionales que piensan consecuentemente, lo que
suscita la ocasión a que en cuanto no coincidan sincronizados, surja una
discusión o pugna intelectual, pues uno o el otro no pudo obtener el asenso o
su reafirmación.
Las divergencias surgen de las diferencias que atañen a todo individuo,
son un elemento empírico, exhaustivo en el detalle y la profundidad. Cuando
interviene la lógica el objeto es a
priori, es decir, no determinado por la experiencia, así, las leyes del
pensamiento, el proceder que sigue a la razón, dejada al arbitrio sin elemento
alguno que la turbe, como el pensar de un ser racional, al cual la lógica conduce
sin atisbos al error; esta lógica se traslada al espíritu del individuo motivando a una meditación
intuito persona para que pueda definir la Fe en Dios, sin la intervención de
hechos u opiniones; estructurada con la
lógica como ciencia del pensamiento para culminar con la definitiva fe en Dios,
y como un proceder de la razón pura que simplifica y aclara las notorias
influencias anteriores del pensamiento generadas por la dialéctica racional y
como resultado de la diversidad de sus respectivas individualidades y el conocimiento de los medios que ambos utilizaron con la finalidad de hacer prevalecer el pensamiento
propio, puro y objetivo sobre el otro; esto último pertenece a la
naturaleza humana que al pensar en
común, comunicar opiniones, sobre un tema
tan profundo y trascendental como
la fe, ambos se concentran en observar
algún fallo que se deslice en el otro, es decir, en esta dialéctica se confirma que el ser humano
es prepotente por naturaleza, lo que
sigue de tal propiedad del humano que le impele dominar y encontrar
ratificación del otro como una obstinación innata.
Esta complejidad previa atizada por la dialéctica pasa a ser
prolegómeno de discrepancias humanas que no asumirían ningún grado de
influencia determinante cuando el individuo trasponga esa barrera y se disponga
a un verdadero retiro, para encontrarse a sí mismo en plena integración de su
espíritu como un verdadero ermitaño para establecer los cimientos definitivos
de edificación de su fe en Dios.
¿Dónde se realiza inexcusablemente este proceso de edificación de la Fe
en Dios? naturalmente debe ser en el espíritu que tiene muchas acepciones según
se lo racionalice desde la filosofía tradicional y la filosofía moderna.
El espíritu, sentimos los humanos, que es un ser inmaterial dotado de
algo excepcional: la razón. Es el alma racional, es ciencia mística, es el
vigor indescriptible que como virtud natural alienta y fortifica el cuerpo para
obrar. Los alquimistas creían que un espíritu universal físico se hallaba
esparcido en el universo.
La filosofía, por lo contrario, no se centra en lo posible físico, sino
lo ha entendido de diversas maneras, así, el filósofo estagirita Aristóteles,
lo define como la parte intelectual y superior del alma humana, capaz de captar
la esencia de las cosas. La escuela neoplatónica lo define “como el principio
supremo no cognoscible por la razón, sino intuido”
La filosofía moderna nos enfrenta a las más diversas concepciones según
las tendencias realistas, idealistas, materialistas entre otras.
El filósofo alemán Hegel lo concibe como “principio dinámico cuyo
despliegue constituye lo existente” opinión materialista, por cierto, que se
tonifica en el materialismo moderno como el producto elaborado de la materia.
De la precitada complejidad, teorías y tendencias inferimos que ninguna
de ellas subsume a la persona una definición irrefutable del espíritu, por lo
que, afirmábamos, que es inextricable, siendo mandatorio el encuentro de uno
mismo en un ámbito tan íntimo donde después de profundas cogitaciones para
eliminar la dualidad que emanaba de nuestro espíritu: una verdad para nuestro
interior y otra para el exterior que es forzada por la pasión de vivir en
comunidad.
La única solución para evitar esta extrapolación de nuestro espíritu,
es la plena integración de nuestras sombras con la verdad, de donde emanara una
única verdad; momento espiritual y trascendental en la persona para iniciar la
edificación de su fe en Dios o no hacerlo, alternativa esta última difícil de
seguirla, debido a que la persona se enfrentó a sus dependencias e
imperfecciones y las aceptó como parte positiva de la verdad y con ella se
liberó de las sombras.
DUALIDAD DE LA PERSONALIDAD
Interpretar este proceso interno es complicado, si la persona no se
encuentra a sí misma, libre de influencias y costumbres sociales, además, para
mayor dificultad no existen normas interpretativas para encontrarse a sí mismo,
pues antes se tendría ante sí, la tarea previa de interpretación de las
inexistentes normas para encontrarse a sí mismo.
La interpretación que emprende cada persona para encontrarse a sí misma
no está sometida a ningún lenguaje externo, solo al lenguaje y meditación
internas de uno mismo que siempre arrojará una decisión, pues el examen es puro
y diáfano, entonces, podemos concluir que no es un análisis del lenguaje o la
interpretación de inexistentes normas
para el encuentro de sí mismo sino la visión clara, veraz, desinhibida y cruel
de uno mismo, estableciendo el mejor criterio propio, pues se trata de una acción para la vida espiritual
sustentable de una persona, eligiendo conscientemente el transcurrir por este
mundo anónimamente (coloquial: sin pena ni gloria).
No inadvertimos lo laberintico que caracteriza el acto de sumisión
constante a la meditación interna de sí mismo, por la no existencia de normas
interpretativas de eliminación de la dualidad de las personas, más aún, ante
ese vacío de sistema es labor interna adentrarse a la interpretación de los
sentimientos, sensaciones, intuiciones e inducciones no interpretativas, cuyo
ámbito es la profunda intimidad espiritual de la persona.
La edificación de la fe, toma impulso inicial cuando la persona, en una
profunda meditación espiritual, construye un puente entre las deficiencias que
existen entre su mundo interior y cómo el mundo exterior es, de esta forma el
individuo no solo es una cosa (Gesicht, faz) sino un ser viviente.
Cuando lo exterior no nos estimula significa que ha descuidado el
interior y esto no es vanidad sino
conciencia porque el rostro es el espejo del mundo íntimo y refleja
inequívocamente las sombras que nos
acosan y el despertar a la verdad, es el propio reconocimiento a la misma,
entonces, esos abismos de la vida y su confrontación nos inclinan a decidir a
salvarnos con la edificación de la fe en Dios; es un retomar del poder que
dispone toda persona y el coraje para fortificarla sin buscar la conformidad
del exterior que es la interrelación humana; ese poder y coraje reside latente
en nosotros.
TRANSFORMACIÓN DE LA PERSONA
Este evento espiritual es, metafóricamente, como abrazarse a sí mismo
para encontrarnos en una verdadera integración y no separarse jamás de sí mismo
en la vida espiritual y somática.
Decíamos que esta transformación reside en nosotros, nunca adviene por
la conformidad exterior, sino es consecuencia de esa soledad para meditar que
no es soledad, es estar solo para algo transcendental.
El impedimento que no aceptamos como real es, que nos separamos de
nosotros mismos para vivir en una zona de confort en la sociedad, que
procrastina la definitiva integración de yo interno y el externo es el viaje al
conocimiento de sí mismo.
El sufrir genera que el inconsciente busque soluciones y reacciona
inundándonos de equilibrio; momento feliz para la elección de la fe en Dios
como un camino seguro hacia Él.
Estas caídas por el sufrimiento, las incertidumbres que erosionan
nuestra estabilidad y las depresiones, son el paso para la elevación de nuestro
espíritu dirigido al amor de Dios.
Una facultad que desgaja de ese estado de meditación espiritual es la
presencia, por la cual la persona percibe a la otra, no se habla mucho, sino se
crea una intensa empatía hacia el prójimo no atribuible a la vanidad de ayudar
y que no vean, sino un sincero sentimiento de presencia.
Encontrarse en medio de una decisión crucial no es agradable, pero
necesaria, para descubrir la propia esencia espiritual. Este mismo estado de
nuestro ser nos facilita descubrir facultades que no las conocíamos como la
sabiduría, cavando hacia esa sustancia profundamente y encontrarnos con nuestra
verdadera esencia; transformación fehaciente con un poderoso sentimiento de
unirse a Dios por la fe en Él. Comenzando, como establecimos, un mundo de
relacionamiento humano diferente, debido a que no se deja turbar por
influencias, opiniones y presiones de la moda, las cuales ya no tienen espacio
con la correspondiente conducta de inclinación inamovible en la edificación de
la fe y la persona construye sus propias fronteras sustentadas por la fe en
Dios.
INTEGRACIÓN DE LA PERSONA
Las sombras que poseemos trasuntadas en codicia, mendacidad, ansia
destructiva, egoísmo, envidia y la tendencia a la materialidad,
paradójicamente, son aspectos positivos y necesarios para impulsar el encuentro
de dos personalidades y enfrentarlas, de cuyo resultado se refunde una
integración.
Enfrentando la colisión de comportamientos externos e internos se
encuentra la liberación definitiva de esa dualidad que postergaba, sin solución
de continuidad, la individualidad, logro espiritual consistente para iniciar la
edificación de la fe en Dios.
EXAMEN DE LA VIDA
En este arduo sendero donde impera el silencio y la incertidumbre,
surgen recompensas que se deben identificar aunque no sean fáciles de
reconocer; una de ellas es que el propio universo nuestro se expresa silencioso
y las transformaciones se suceden en lo profundo del inconsciente; es el test o
examen de la vida que no es una huida de la realidad; el resultado de este
examen de la vida es impelido cuando el egoísmo deja de ser tirano y comienza a
seguir la voz interna desprovista de influencias y las opiniones de los demás
no alcanzan afección, no por soberbia
sino por haber aprobado ese examen de la vida, que antes de suceder la persona
estaba sujeta voluntaria o involuntariamente a los criterios de otros que prescribían qué hacer y cómo. Se llega al
éxito suponiendo una subordinación de nuestro yo, aun así, actúa la recompensa
de seguir la propia intuición para dilucidar lo que es cierto y saber que es el
camino correcto.
Esa intuición nos educa a escuchar los consejos, no rechazarlos,
razonarlos exhaustivamente y dejarlos pasar por el filtro del inconsciente que
nos guía.
El inconsciente se presenta cuando hay el ejercicio constante de la
meditación en soledad como una autoridad interior, desgajándose, sin darnos
cuenta, que ya no se necesita de la opinión del otro y, como decíamos, se
establecen fronteras sin sentirse culpable; ese inconsciente premia a la
persona con la ansiada seguridad y se aviene a la edificación de la fe en Dios.
Es contundente y perceptible esta ayuda del inconsciente porque le
transfiere inmunidad a la persona contra la posible mendacidad del otro, más
excepcional es aún que esta autoridad interior del inconsciente no nos hace
inflexibles a las opiniones sino perceptivos a escuchar con atención, debido a
que esa recompensa de conducirse a sí mismo es la fortaleza de no desviarse del
propio criterio inconsciente, elaborado con sufrimiento, resquicios profundos
de incertidumbre y soledad.
Después de esta fase emana una fuente convicción que tiene sustrato en
el interior de la persona, arropada por la autoridad del inconsciente.
En este estado de transformación de la persona se pueden realizar
muchos cambios: de ciudad, de costumbres y de medio social, pero lo vital es
que el centro construido por la persona después de ese examen de la vida, es el
mismo invariablemente, desechando por la borda, con la fortaleza interior
obtenida, todo lo que pudiese influir negativamente. Esta nueva frecuencia que
se encuentra en lo profundo del inconsciente ayuda a la persona a meditar con
sistema y a elegir su fe.
El puente que establece esta estabilidad entre los dos mundos
anteriormente vigentes, que generaban una dualidad, no es ya una barrera sino
lo contrario, pues lo exterior e interior del comportamiento endémico por
influjo de la sociedad, se unen en una real integración.
Así se logra la sensibilidad para interpretar todo lo que sucede en
nuestro universo y ayuda a identificar lo bueno y lo malo; es una real
transformación.
La armonía con la propia verdad y la verdad real, es otra recompensa
del examen aprobado de la vida; ahora se comprueba todo lo que sucede y siempre
se encuentra la respuesta de diferente manera, la comunión con esa conducta
tiene su origen en un reforzamiento del amplio ámbito psíquico, que reduce
significativamente la susceptibilidad de ser víctima de manipulaciones.
Los pensamientos se elevan en forma sutil decantando en palabras que,
expresadas, configuran hechos, creando armonía entre el exterior y el interior,
emanando la integración para edificar la fe en Dios; siendo ese crucial
pensamiento un impulso natural después de todo este viaje por el inconsciente
La armonía entre lo consciente e
inconsciente hace que la persona se conduzca descomponiendo cada situación o
vivencia, separando de sí lo dañino y aprehendiendo lo edificante.
VIAJE POR EL INCONCIENTE Y DISCUSIONES SOBRE LA FE
Ese viaje por el inconsciente que la persona inició con sufrimientos,
lágrimas y privaciones sociales, es el oro de la transformación definitiva.
Es una inversión muy positiva en energía, no tratar de vencer en una
discusión sobre la fe en Dios, sino introducir la habilidad y fortaleza en
escuchar; se vencen muchas discrepancias solo con el arte de escuchar.
Usualmente se dice que no se debe discutir sobre religión y política porque los
ánimos, por el dogmatismo exacerbado, se excitan; cuando sucede este evento, si
somos dominados por la irascibilidad y los gritos, el cerebro trabaja con
agotado rendimiento y no se soluciona controversia sino que la aproxima.
Discutir por la fe en Dios debería ser un diálogo que conduce a la paz,
por medio de una comunicación estratégica, porque es verdad, por sana
intuición, que la humanidad, no encontrara paz, hasta que no se dirija con confianza a la misericordia de
Dios, que es la Fe.
Cuando se acude a Dios, uno se colma de esperanza y los que cuestionen
irreverentemente la Fe en Dios, con ánimo empedernido, se ahogaran(metáfora) en
sus propias palabras, cuando blasfeman sobre la insondable bondad y
misericordia de Dios.
La comprensión de la misericordia de Dios nos ayuda en un
comportamiento adecuado frente al prójimo. En nuestras interrelaciones humanas,
por la natural diferencia de opiniones, se dialoga sobre algún tema, no se echa
gasolina cuando los ánimos se exasperan, el interlocutor que deja de hacerlo
logra que el fuego se extinga; además
empleando frases mágicas que desaniman al interlocutor como; "Entiendo lo
que sientes", “Aprecio tu criterio personal”, entre otros.
AURA
Todo este proceso para encontrar la paz en la fe en Dios, inviste a la
persona de un aura como un campo energético que emana de sí misma, aunque
parezca esotérico, que no lo es; es la huella psicológica y espiritual que
dejamos después de un dialogo que se debe decantar en una discusión apasionada.
Esa aura se convierte en un espejo para los demás que les obliga a
enfrentar sus propias sombras que se las tiene oprimidas y, cuando se las
libera, se convierten en un acto de sobremanera positivo pues anula la dualidad
de personalidades y es el camino a la integración en una sola.
Cuando se activa lo dormido o reprimido en el inconsciente, aunque
duela, surge el arquetipo de héroe que irradia en sus palabras y obras la
sabiduría.
Es natural que a una persona con aura muchos no la soportan a su lado,
pues el influjo es poderoso como manifestación simbólica del inconsciente.
Podemos imaginar antes del descanso nocturno, poseer una llave que de
acceso al inconsciente, para identificar los disimiles que constituyen las
sombras, trasuntadas en ese ámbito complicado, donde reposan reprimidos los
defectos, que no irrumpen al exterior por temor ancestral al juicio de la
sociedad, y se pierda la frágil imagen que se suscita en nuestras interacciones
humanas.
¿Por qué las mantenemos reprimidas? porque no logramos aun conciliar el
consciente y el inconsciente, alcance feliz que da a luz a la integración
definitiva de la persona; y a su vez, momento muy propio para iniciar la edificación de la fe en Dios, que
insumirá profundas y frecuentes cogitaciones que se consolidaran con la periodicidad de este ejercicio en una
unión espiritual indisoluble con Dios y cuya causa es el momento en que la
mente se convierte en un exilio del alma; necesaria soledad, pero con un alto
precio, ya que la persona se separa de sus máscaras , estas caen, se eleva la integración y la persona comienza
a tener ese intenso diálogo interior, ya conducido por la fe en Dios; se logra
la paz que es a su vez tormento, porque la actividad mental no cesa.
ACTIVIDAD DE PENSAR
Como la actividad de pensar mucho hace ver lo que otros no ven, se
establece la diferencia entre los despiertos y los que duermen; porque la
soledad hace vivir conscientemente, y esa actividad de la mente en soledad,
convierte a ésta en el lugar de la persona; lo cual no es arrogancia ni
misantropía; es el encuentro consigo mismo o la ansiada integración.
Esta integración posibilita una constante meditación espiritual
desinhibida de conflictividades por la dualidad existente, ahora se abren las
esclusas de aquel impedimento que costó
sufrimiento por desarraigarlo.
RECUPERAR LA FE
Recuperar la fe a quienes la tenían alicaída o empolvada, requiere una
atención suprema a todos los actos que realizamos en el día consciente; estos
actos que son hechos irreversibles, están compuestos, como lo escribíamos, por
la incesante producción de pensamientos que generan palabras trasuntadas en
hechos, es una repetición, empero, cuando esta actividad interior va unida a
las enseñanzas: el ejemplo vida de Cristo y sus evangelios, aplicamos esa
sabiduría para que cada acto o hecho que generemos siempre, ineluctablemente, asuman
la dirección inamovible de hacer bien el bien al prójimo, que es nuestro
espejo.
Esta actitud de vida diaria, recupera la fe en Dios y la hace
militante, que para que morigere nuestra vida; requiere de una exhaustiva
atención pues el decurso del día es una sucesión de actos: en el trabajo, en la
familia y en la vida de interrelación, vivencias donde el prójimo es el
protagonista.
SABIO MANDAMIENTO “AMAR AL PRÓJIMO COMO A TI MISMO
De esta forma entenderemos con profunda convicción al mandamiento
"amar al prójimo como a ti mismo" mandamiento sabio que solo Dios
podía concebirlo.
La obediencia a esta corta frase cargada de responsabilidad en nuestra
conducta y de una estrecha atención a la interrelación con el prójimo, exige un
análisis retrospectivo para determinar con aproximación el número considerable
de personas que hemos dañado en todas las formas posibles, desde que obtenemos
la conciencia de nuestros actos.
Este paso es condición sine qua non (insalvable) para disfrutar de la
paz espiritual. Hemos dañado al prójimo conculcando sus esperanzas,
interrumpiendo su estabilidad emocional y hasta generando un detrimento en su
economía y posesiones. De eludir un profundo examen de conciencia y
arrepentirnos por haber obrado irreflexivamente y sin percatarnos de las
consecuencias que ocasionábamos con el daño; viviríamos con la errónea creencia
que las actitudes nuestras son en defensa de la integridad y características de
la propia personalidad, sin detenernos a encontrar el equilibrio necesario de
justicia antes de obrar, entonces, no existió la empatía para situarnos en la
posición del prójimo, lo cual es un signo inequívoco de no poseer una fe
consolidada debido a la razón incontrovertible que la fe en Dios, como un
sentimiento poderoso que morigera nuestros actos en correspondencia a las
enseñanzas de Cristo y a su vida ejemplar, prohíbe dañar al prójimo, aun cuando
estemos en una débil posición espiritual y material.
La humanidad no ha obedecido ni meditado, menos razonado, con
intelección profunda, sobre los beneficios del mandamiento que nos habilitaría
a vivir en un mundo con la impronta de la armonía, la solidaridad y el
entendimiento.
CODICIA, AFÁN DE DOMINIO Y BIENES MATERIALES
No se hubiesen suscitado los afanes invencibles de dominio los unos
sobre los otros, la demencial codicia por los bienes materiales y la
enceguecida política de destrucción de la obra divina de la Creación, con los
admirables Reinos de la Naturaleza, legado de Dios a sus hijos, para que los
aprovechen sensatamente y permitan su natural reproducción, sin perder la
cordura por las riquezas que se desprenden de su naturaleza.
Los países llamados potencias con líderes que se acoplan fácilmente a
las tendencias negativas que citábamos, están destruyendo sistemáticamente al
medio ambiente, insustituible para vivir, contaminándolo a extremos de un aire
irrespirable.
¿Por qué esa demencial conducta? fundamentalmente por la ausencia de
una oportuna, desde jóvenes, edificación de la fe en Dios; cuando se tiene fe
la persona que dirige los rumbos del mundo, que es una altísima
responsabilidad, no incurre en estas demenciales decisiones de ingobernable
codicia y dominación, pues posee el blindaje de la fe.
Aquel blindaje debe atesorarse cuidadosamente con la constante atención
de la fe, por la mente que genera incontables pensamientos durante el día
consciente, y también en las horas de descanso y, en los sueños, que debiéramos
interpretarlos al despertar, pues son mensajes inequívocos del inconsciente,
que usualmente contienen elementos aprobatorios o correctivos de nuestra
conducta de interrelación, o dificultades íntimas aun en estado de depresión.
VORÁGINE EN LAS ACTIVIDADES MATERIALES
Un elemento que genera laxitud en el blindaje anunciado, es la vorágine
de actividades materiales que insumen la mayoría de nuestro tiempo y que
desarrollan secuelas en un comportamiento estable. Somos descaradamente
proclives a la terquedad de continuar con el tratamiento de una dificultad en
el trabajo o en el contacto con el prójimo, cuando ya pasó la circunstancia,
cercenando el benévolo tiempo de paz y meditación, tan inexcusablemente
necesarios para sustentar la fortaleza del espíritu.
El tiempo de paz y meditación profunda para encontrarse con uno mismo;
extremo que una mayoría ofrece reparos en hacerlo, debido a un inevitable
enfrentamiento con las sombras que cultivamos voluntariamente, precisamente
para evitar su dilucidación o la desagregación de los defectos y la dualidad en
la personalidad; hasta no perder el temor a la disolución completa de las dos
personalidades y cimentarla en una sola en la intimidad y el exterior, no
seremos compensados con la paz interior.
PAZ INTERIOR
La paz interior es un estado casi de santidad que irradia un poderoso
efecto en las actividades del mundo material difícil de abstraerse por la
necesidad del sustento. Es poderosa la paz interior debido a que en las
actuaciones con el prójimo y la siempre existente y cruel competencia que
suscitan los conocimientos adquiridos, nos ilumina y aclara la óptima manera
personal de aventajar y situarse al frente con el conocimiento. No hay más
hipocresía, hipótesis falaces ni posiciones estratégicas para vencer; la paz
interior confiere esa fortaleza y es poco probable superar a quien posee paz
interior solidada, obtenida adentrándose al doloroso proceso de la integración
individual o la independencia absoluta de decidir, solo supeditada a la fe en
Dios.
Ahora, después de lo que sucede en el mundo material por el influjo
poderoso de la paz interior que se erige solo por la fe en Dios, imaginemos lo
que sucede en la intimidad espiritual en referencia directa a la transformación
completa de nuestra visión y acción sobre la interrelación con el prójimo, pues ya se comprendió hasta su último sustrato
la significación del mandamiento “amar al prójimo como a ti mismo” como un giro
disruptivo de las actitudes hacia el bien y cuyo receptor es el prójimo.
ENFRENTAR A LAS SOMBRAS
La brutal honestidad que se debe abrigar para enfrentar a las sombras
es un hito decisivo para el logro de la integración de uno mismo, pues mientras
muchas personas se dedican a solucionar sus problemas convencionales, el
espíritu le exige a la persona que desea liberarse de sus sombras la
profundidad en el razonamiento; con este proceso la persona se pacifica y se concentra
en su soledad en la transformación.
La soledad que se experimenta con este sufrimiento al aislarse no es
una tortura, sino aquel proceso necesario para la precitada y ansiada
transformación que desarrolla la capacidad de integración solo, porque los
momentos más oscuros de la vida deben ser dilucidados en la intimidad, sin
presencia alguna otra influencia de alguien debido a que una persona no es una
significación de lo que ha logrado si no lo que es en sí. Todo ello hace surgir
la interrogante: ¿Cómo uno se desembaraza plenamente de sus sombras? (defectos
que causan la dualidad de personalidad), cuando ilumina la voluntad insistente
de liberarse de los defectos debemos concluir que es distanciarse
definitivamente de lo que no le pertenece; un ejemplo paradigmático es la del
escultor que recibe elogios por su obra esculpida, además de la infaltable
pregunta: ¿Cómo lo logro? la respuesta del escultor es corta y profundamente
expresiva “Solo alejé de la obra lo que no pertenece a la belleza de la misma”.
Ahora no todo este proceso discurre sin extremas situaciones como el
agotamiento, que es la depresión que se ejerce sobre la verdad latente en el
espíritu, expresándose constantemente para liberar las sombras; es en este
momento que el inconsciente asume el control de la situación; resumiendo que
este agotamiento es el fin del ego y el comienzo de una autenticidad de sí
mismo.
Esta autenticidad se exime o no está más supeditada a la interrelación
humana, a su reconocimiento o aceptación del prójimo; es una verdadera
liberación del espíritu y, menester, acentuar, sobre el agotamiento que no es
físico, sino un sentimiento turbulento de inquietud, desestabilizador de la
vida convencional cómoda y de zona de confort; este sisma solo se calma cuando
el sujeto reconoce que el agotamiento no es el final sino el comienzo de una
vida espiritual activa interna y externa, obteniendo la unidad; es otro inicio
de edificación de la fe en Dios.
COTIDIANEIDAD
La materialidad de la vida cotidiana donde se introduce toda la fuerza
en el trabajo o en el oficio, las 24 horas, los 12 meses y los años
subsiguientes para lograr objetivos sin tregua hasta con ansia destructiva, se
puede vaticinar un final frustrante porque internamente se erige el alma como
una cruel compañera que es la voz de todas las intimidades que, en un estado de
sentimiento ejercen una presión casi sin intervalos; esta invisible y poderosa
presión tiene sustrato en las sombras que obtusamente se niegan, rechazan o se
ignoran.
Parecería una paradoja, no lo es, pues en las sombras descansan las
habilidades y otros aspectos positivos, que desvelan una gran dimensión de
poder creativo, tendencia que no desaparece sino que deposita en el
inconsciente, asumiendo energía casi compulsiva que impele manifestarse.
La paradoja reside en la arrogancia y el tóxico amor propio al criticar
los defectos del prójimo, que son los nuestros y no los queremos aceptar ¿Cuál
es la solución? los aspectos de la personalidad depresiva sometida y energizada
por las sombras que intentan mostrarse al exterior, no deben observarse como un
campo negativo; es el proceso de la integración a través de la transformación
que deviene en una energía positiva.
Por ello las sombras o los defectos que oprimimos deben ser tratados
con inteligencia para que irradien una verdadera liberación de la dualidad y lo
interno y externo, configurando inevitablemente la presencia de dos
personalidades; se arriba a esta cúspide no exenta de sufrimiento para disponer
de la entrega espiritual con sinceridad
de identificar que es el momento cierto para iniciar la edificación de
la fe en Dios, que se manifiesta en la conducción de la imparable actividad de
pensamientos, palabras que se vierten, trasuntadas en actos y hechos con la
impronta singular de hacer el bien al prójimo,
en concordancia a la intensa prescripción espiritual que nos legó
Jesucristo en su mandamiento, momento definitorio de confirmación de la
existencia de los cimientos para la edificación progresiva de la fe, que regirá
nuestra vida espiritual, y se manifestará tangible en nuestros actos externos,
sin resquicio alguno de dualidad.
Esta transformación interna que experimenta la persona que anhela
encontrarse a sí misma como una unidad, para, recién, iniciar el camino de la
comprensión del poderoso sentimiento de la fe y asimilarlo progresivamente,
hasta convertirlo en un derrotero de conducta de interrelación y, sobre todo,
la inicial apertura de una relación espiritual sin interrupciones con Dios.
No se podría en otro estado donde las cosas, a las cuales les asignaban
gran importancia, ahora aparecen vacías y sin significado.
CONVICCIÓN Y VULNERABILIDAD
Con este sensible proceso interno, inequívocamente espiritual, la
persona puede ser fuerte en sus convicciones y vulnerable a la vez; en el primer
caso fuerte e intensa en comprometerse a esta transformación, complicada, por cierto, y que no admite
pausas debido a que su esencia es la relación espiritual con Dios, cúspide del
esfuerzo de una persona para someterse voluntariamente y con la mencionada
convicción a esta transformación trascendental que definirá su vida espiritual;
también vulnerable debido a que esta característica le permite ser
influenciable y permeable a las voces, escritos y expresiones a través de la
comunicación informática sobre la fe en Dios y, encontrará todo tipo de
blasfemias, burlas y expresiones peyorativas hacia su convicción; someterse
vulnerable a esta exposición sin reparos de la crueldad humana, la fortalece
sin dubitación, pues la fe en ciernes la
ayuda ostensiblemente a rechazar con serenidad todo lo que pueda constituir un
propósito de debilitar su convicción de creer en Dios, ser que no ve.
RELACIONES SOCIALES
Otro escollo que impide la liberalización del espíritu de las cadenas
de las sombras, es el temor a perder la interrelación con amistades en una
comunión rutinaria y condicionada por las exigencias visibles de la sociedad
que conduce a nada. Lo último, si no se corrige, crea un complejo de
inferioridad al no sobreponerse a una realidad que es tóxica, debido a que se
mantienen las dos personalidades: una para sí, que es guardada bajo siete
llaves y, otra, para el exterior.
El complejo de inferioridad hace muy crítica y sardónica a la persona,
a la vez autosuficiente, como una defensa al complejo. Superar ese complejo
requiere una profunda meditación para forzar una unidad espiritual que destrone
la existencia de dos personalidades y encontrar la paz espiritual que habilita
la persona a identificarse con su Creador y analizar lo que se pretende lograr
con esta metamorfosis, que duele y confunde, pero se dio un paso trascendental
para iniciar la edificación progresiva de la fe en Dios; es progresiva, lenta y
serena por la exigencia interna de una entrega de la totalidad del espíritu que
vivirá, culminando este proceso de convicción espiritual, en constante unión
con Dios por la fe.
Este camino es solitario porque es independiente de lo externo y no
necesita la confirmación o validación del otro, solo se siente que se eligió la
verdad y el encuentro en uno mismo, que es un logro altamente significativo,
después del sufrimiento de la soledad como elemento inexcusable para esa meta
espiritual, ya desinhibida de sombras y dualidades que procrastinaban la
elección voluntaria de la fe en Dios.
No resulta ocioso establecer una digresión entre el estado de soledad
que es la ausencia de una persona a la pérdida de una unión acostumbrada; por
lo contrario, estar solo es el estado de una profunda meditación con el
propósito de encontrar ciertamente la paz espiritual y la serenidad para, en
una decisión trascendental, iniciar la edificación de la fe en Dios.
La precitada paz espiritual presenta diferencias con la serenidad,
aquélla es un estado calma y tranquilidad que se opone al estrés y a la
ansiedad, alcanzable a través del razonar meditando y conectándose uno mismo.
Es un sentimiento invaluable, sin precio para obtenerla, y se la alcanza
buscándola activamente, sin establecer lugar y momento.
SERENIDAD
La serenidad es un estado de paz, calma y tranquilidad, mental y emocional,
lo que supone ausencia de la irascibilidad latente, estrés y ansiedad; lo que
importa es mantener el autocontrol y diafanidad del pensamiento en la
incertidumbre o situaciones de caos emocional. No es fácil cultivar la
serenidad debido a que exige una firme conciencia adosada de valores, la
aceptación total de lo incontrolable o insuperable, ayudada esta acción con
buenos hábitos como la meditación y las buenas lecturas y el autocontrol
emocional.
LA PAZ ESPIRITUAL UNIDA A LA SERENIDAD
La paz espiritual y la serenidad son garantía, aunque no es el término
apropiado, pues el ascenso lo genera la persona que se encuentra en ese
superior trance de búsqueda de la paz espiritual, la cual es simultaneidad con
la serenidad, actúan juntas para el mejor momento espiritual y sereno para
exponer en la profundidad interior y consciente su creencia en Dios, logro
inicial para la edificación de la Fe en o Él, que será una impronta inamovible
hasta arribar a la inexorable finitud.
Esta paz interior transforma la persona en sus propias contradicciones
ya que las afecta como su material emocional que caracteriza a su personalidad,
empero, lo más benéfico y destacable de esta acción es que su actitud frente a
las contradicciones del prójimo, será magnánima y de plena comprensión
atenuando posibilidades de tensión que impiden el ejercicio virtuoso de la
solidaridad.
¿Cuál es el motivo de entregarse a la materialidad del trabajo en forma
obsesiva? la fijación de metas de trabajo es alentadoras siempre y cuando no se
le asigne la inseparable característica de la obsesión sin freno. La persona
que busca frenéticamente la cristalización de sus metas, olvidando que el
espacio espiritual suministra la paz para meditar, razonar sobre el propio ser,
logrando así el necesario equilibrio entre lo somático y lo psíquico.
FRENESÍ EN LAS METAS MATERIALES
Esa búsqueda sin desvelo y ofuscada de las metas fijadas, proscribe a
la persona a una tácita vaciedad en su vida, creándole una inestabilidad en su
conducta que deviene en decisiones erráticas. Estado caótico pues su
incontrolable frenesí por los logros genera un panorama devastado en lo que
concierne a la vida espiritual, complemento superior en el tránsito de los
humanos ya en su vida biológica.
SILENCIO
Un estado y una conducta que coadyuvan a la meditación y a la conquista
de la serenidad; es el silencio y callar sobre la intimidad de la vida nuestra.
Es preceptivo, como recomendable que, cuando se ejercita el dominio de la
lengua cuántos comentarios, críticas cáusticas y situaciones desagradables se
ahorrarían. El silencio cauto evita buscar la aquiescencia y aprobación de
nuestros actos por otros y, cuando no se desvela se ingresa a una intimidad
benéfica, el cerebro entiende óptimamente el silencio porque en un
trascendental objetivo como es la fe en Dios; una semilla invariable y que
prospera toda una vida. Esta semilla no debiera desvelarse porque justificarse
ante el otro posterga su desarrollo y se convertirá en erial. Asimismo nunca
debe aclararse que uno es un pensador o escritor, porque usualmente encontrará
el bullicio la crítica y se perderá energía; en detrimento de la intensidad de
continuar con el propósito. Se debiera trabajar en el silencio de la serenidad
y de esa forma se ayuda a los que lo necesitan sin ambición de recompensa, que
es seguir con la adquisición interna de virtudes que crecen y se fortalecen en
correspondencia directa con nuestros pensamientos y palabras que transitan en
obras que no son retroactivas y, si son buenas, nos señalan el camino del
inicio de la edificación de la Fe en Dios.
El proceso interno y razonado nunca espera recompensa o aplauso que
sería un absurdo, equivalente a aplaudir al sol; cuando se guardan
herméticamente los actos buenos, también las intenciones sin publicarlas al
ámbito de las relaciones humanas se adquieren algo invaluable: carácter.
INTROSPECCIÓN
Un episodio recurrente en la multiplicidad de relaciones sociales que
mantenemos con tónica de rutina, son los amigos que nos observan y se apoyan en
uno considerándonos sus salvadores, y esa dependencia casi involuntaria solo
por el temor de aislarse ingresar a una
tácita soledad, impiden que nos encontremos a nosotros mismos, a nuestro
interior, ávido de desechar las sombras de las servidumbres humanas trasuntadas
en defectos; el espíritu reclama independencia de las anclas sociales para
dilucidar la introspección; conocerse a sí mismo es un esfuerzo trascendental
en el ser humano, difícil por cierto, porque nos aísla de la rutina cotidiana y
nos enfrenta a estar solos, no a la soledad; momento para cerciorarnos a
eliminar el miedo y concluir que estar solo es una riqueza espiritual que
posibilita con certeza, ya absuelta la introspección, a aceptar nuestra
condición imperfecta, comulgar sinceramente
con nuestro ser y descubrir que nuestros defectos constituyen una energía o
fortaleza para mejorar.
Esta transformación impele a la voluntad a la búsqueda de la paz
espiritual que, lograda, decantara en la sensación perceptible solo por la
persona de una necesidad irrefrenable de iniciar,
con una declaración profunda, la edificación de la Fe en Dios.
DECLARACION DE FE
En este transitar que acomete esta obra se encuentra, inequívocamente,
otro momento definitorio para decidir sobre la vida espiritual, imprescindible
para la estabilidad de la persona debido a que una dedicación exhaustiva a las
cosas materiales, llámense logros económicos o de fama, genera una vaciedad
espiritual ensombreciendo la vida del individuo, y la distrae irreflexivamente
con la rutina de la materialidad, hasta
recibir un remezón de la conciencia y sobre todo el inconsciente que manifiesta
su fortaleza, acallándola con la declaración de fe y su plena convicción a
conducir su vida asignando prelación al poderoso sentimiento de la fe en Dios.
La declaración de la fe, acción personalísima o intuito persona de
intimidad, incomoda a las relaciones sociales, específicamente al círculo de
amigos próximos que se apoyan en uno, por temor a perder el soporte material e
intelectual, traducido en seguridad.
Parafraseando al inefable Borges que nos legó: “nadie es patria pero
todos lo somos” así la fe hace patria en el espíritu y se inicia una vida
espiritual nunca imaginada, teniendo como causa eficiente la situación de
privilegio ante Él; con fe nos comunicamos mediante un sentimiento que solo
puede destrabar el creyente, a cualquier momento, no solo en los álgidos y
desesperanzadores, sino se establece una relación espiritual constante
sintiendo la presencia de Dios, porque se cree firmemente sin cuestionamientos,
incertidumbres ni resquicios de duda, tanto en el consciente como el
inconsciente, y ante la tentación de dudar, siempre presente en la vida humana,
la resiliencia no endurece el corazón.
El inconsciente reclama el silencio con una profunda serenidad y no es
para temerle sino el punto de quiebre para algo nuevo; es un raro sentimiento
que pugna a aislarnos de la costumbre social, los amigos y las reuniones con
diverso motivo.
Este sentimiento, casi compulsivo en su energía interna, además de
distanciarnos socialmente, aísla, no por sometimiento a un castigo sino para
iniciar una transformación del ser, acostumbrado a la cotidianidad de la
repetición; es fundamental esta metamorfosis para un remozamiento espiritual
definitorio e iniciar la comprensión progresiva del poderoso sentimiento de la
fe y que nos lanza a edificarla.
Muchas personas nunca conocerán, menos experimentarán esta
transformación, porque no supieron interpretar esa necesidad o llamado interior
de aislarse para una profunda y constante meditación sobre el cuidado de la
vida espiritual.
La rutina de la sociedad que la atesoramos inconscientemente,
paradójicamente, comienza a aislarnos de ella, porque si no lo hacemos
tendremos que declarar algo intenso, intimo e indescriptible que conmociona
pues se valora la importancia de la intimidad.
Este aislamiento se intensifica porque las metas que en su tiempo nos
propusimos alcanzar, ahora, no se adecuan a lo que se descubre con la
transformación del espíritu; antes cosas que nos entusiasmaban sobremanera, ahora
se las observa banales, sin sentido y vacías.
Cada puerta se cerrará y no se podrá huir porque todo este aislamiento,
la pena y la soledad, los sueños prestados que nunca se realizaron, nos sitúan
en el umbral de la definitiva transformación que se manifiesta perceptiblemente
porque los recuerdos retornan con claridad y los sueños se reactivan debido a
que el inconsciente desea que se los descifre.
La pena y la soledad que avasallan al espíritu no deben asimilarse como
un sufrimiento; son elementos que se desprenden de la propia situación de
aislamiento y son la energía para reaccionar e impulsar una transformación
dolorosa y solo se la logra por el propio esfuerzo espiritual.
CAMBIOS SUCESIVOS
Esta transformación modifica la conducta y, a medida que discurre el
tiempo, se experimentan cambios sucesivos que impelen a una profunda
confrontación con las sombras para superarlas y lograr la autenticidad del ser
que, como reflejo involuntario, se siente perceptiblemente la necesidad de
declarar la fe en Dios.
Así, con tenebrosa realidad en correspondencia con la verdad, veremos
que la persona antigua y su forma de ser acostumbrada se desmorona y muere,
metafóricamente, para iniciar una intensa vida espiritual morigerada por la fe
en Dios.
Es una verdadera transformación con sustrato en sí mismo y que se
descubrió hasta ahora, debido a las expectativas materiales y de fama personal
del mundo.
Esta desestructuración del relacionamiento social generada por el
aislamiento es la oscura fase del alma, dolorosa y saturada de temor, sin
embargo, se encuentra al verdadero yo y se comienza a ser uno mismo con
autenticidad.
No es fácil superar este desequilibrio porque las antiguas sombras
reaparecen con inusitada fuerza, con intención de provocar la pérdida de poder
de uno mismo, donde la atención es una fuente de creatividad y que el
inconsciente exige para recuperar el dominio y siga discurriendo la
transformación; camino para el cual uno se prepara obteniendo como resultado
tangible conocerse a sí mismo.
La precitada energía invoca a un desarrollo incesante de la
espiritualidad e impongas la Fe; espinosa tarea y necesaria a la vez, para
reconocer diáfanamente quiénes somos.
In absentia lucis tenebrae vincunt : en ausencia de la luz prevalece la
oscuridad, empero, las sombras trasuntadas
en nuestros defectos que los
identificamos en el prójimo sin aceptar reconocerlos en nosotros, son
temporales y se los supera con la profunda meditación y el aislamiento, ámbito donde debe imperar la honestidad para
asumir nuestras sombras, como una energía positiva que conduce el encuentro de
uno mismo, reconocer la vaciedad espiritual de nuestra vida cotidiana, para,
como objetivo teleológico, declarar la fe en Dios.
EL YO UNITARIO
En tratados de filosofía encontramos las cogitaciones más profundas sobre la fe, tanto en sentido
estricto como lato, que se apoyan en la ciencia teológica, empero, el intento
se resume a la actividad espiritual personal y voluntaria, en penetrar en
nuestra psique para definirnos como un yo unitario, liberado de los anclajes de
la duda y apoyado con convicción y confianza inconmovibles; las cuales van
penetradas por el sentimiento caracterizado por el fervor casi religioso a la
persona en quien se cree, punto de inflexión por donde ya no se toman en
consideración los conocimientos y testimonios de otros; es una declaración de
fe en Dios, por propia actitud sin verlo o esperanza de revelación, debido a la
imposibilidad de que cada ser humano reciba la revelación que confirmaría su
fe, anulando la realidad incontrovertible de creer sin ver.
La acción voluntaria en buscarse a sí mismo a través de profundas
meditaciones que crean el espectro espiritual propicio para percibir el
llamamiento divino que se manifiesta como el "sí" a la declaración de
la fe en Dios.
La búsqueda del silencio pleno para alcanzar el razonamiento profundo,
consiste en concentrarse en el interior nuestro, además, no hacer que la
voluntad dependa de bienes externos, porque estos no añaden nada al esfuerzo;
logrado, es otro momento para encontrarnos y tomar la decisión trascendental;
también podemos, en antítesis al esfuerzo del silencio, dejar que la vida nos
arrastre o trazar nosotros el propio rumbo.
Una equivocación en el rumbo trazado supone la posibilidad de aprender
y corregir; no diseñar nuestro rumbo espiritual asegura colisionar con
cualquier obstáculo que se interponga y errar en la decisión de encontrar la
vida espiritual para nuestro ser significa que no hay la condición para la
declaración de fe en Dios.
Lo anterior es una dolorosa confirmación de la dedicación a hacer,
actuar y ejecutar dejándonos arrastrar por el vértigo de la actividad. El
detenerse serenamente a pensar y meditar sobre nosotros mismos, es valorar
nuestra vida y explorar sin pausa nuestro interior con el silencio y el estar
solo; acción por la cual comprobaremos que todavía no somos una unidad sino una
dualidad en nuestra personalidad; actuando de una manera en el exterior por las
convenciones sociales que no alcanzan correspondencia con nuestro interior; el
silencio, la meditación y el razonamiento profundo desatarán ese anclaje y se
asomará a la ansiada integración; otro crucial estado para declarar la fe en
Dios.
El logro de ser uno mismo, hace que no hagamos juez a la opinión
popular, sino a nuestra propia conciencia, como ayuda consistente en la
búsqueda de sí mismo, objetivo último que radica en la construcción de una
personalidad unívoca.
El tiempo de reflexión y apego a la cordura es el mayor capital y
posesión que disponemos y, desaprovecharlo supone tanto como dejar pasar la
vida anodinamente.
VIDA PERDIDA SIN RECUPERACIÓN
La experiencia nos hace convenir que la realidad más difícil de
controlar en nuestra vida con respeto
a nosotros mismos, la encontramos en el tiempo, fácil de perder e
imposible de recuperar; por ello, ante realidad tan grave, cuanto más pronto
aprendamos a valorar el silencio, la meditación y el razonamiento profundo,
menos difícil será el encuentro con nosotros mismos, para, con diáfana
sinceridad espiritual, hagamos nuestra declaración de fe en Dios.
INTERROGANTES
Las lectoras y lectores de este libro sentirán la necesidad de
preguntar ¿Por qué se dirige el crecimiento de la persona para la vida? ¿Qué
inquietudes padecen los abogados, médicos, los trabajadores y los estudiantes?
también ¿Qué problemas preocupan a los profesionales y ciudadanos que ostentan
cargos de responsabilidad?
Todas estas interrogaciones medulares inclinan a situar primero a la
salud, luego al trabajo que repercute en los hogares y, ahora, lo que en verdad
interesa, preocupa incesantemente o queremos, son los planteamientos de la
humanidad y la validez de sus apreciaciones, que se mantienen con igual fuerza,
porque se refieren a nosotros, los seres humanos.
Entonces, no se trata de temas profundos como la filosofía pura, sino
meditar y pensar acerca de la vida diaria, de lo que nos pasa mientras vivimos
y, ahí, reside la fortaleza de la auténtica filosofía y de nuestros cuidados.
Es cierto que los grandes asuntos trascendentales que son mayormente
materiales, inclinan a la curiosidad y al afán de saber, empero, lo que más nos
inquieta, es buscar soluciones para los problemas habituales con las personas
que tratamos en la cotidianidad y los desvelos que nos acompañan o viajan con
nosotros en este camino.
Y ¿ nos preocupamos de nuestro ser interior? aquí, antes de detenernos
a pensar, hablamos con los psicólogos y buscamos medicinas que ayudan a nuestro
estado de ánimo, entonces, surge providencialmente la necesidad de apreciar el
silencio que nos transfiere directamente a la meditación y a encontrarnos
a nosotros mismos; esta transición vital
provoca el pensamiento y la
intención incontenible de detenernos en
aquello que pasamos por alto entre la prisa y la urgencia cotidiana, como una
cefalea que toca una parte sensible de nuestro cerebro y, ese es el llamado del
inconsciente que reclama una unidad en nuestra personalidad ; unívoca para el
interior y el exterior, acción que nos deparará la paz interior,
sentimiento poderoso que es
imprescindible para un obrar correcto, ella nos impulsa a meditaciones
profundas estando solos y valorando ese estado; único para descubrir nuestro
verdadero yo y su autenticidad.
Es otro momento de dominio de las pasiones y deseos, llegando, de este
modo racional, a la serenidad, a la tranquilidad de ánimo, también llamada
ataraxia y se transita mediante el cultivo de la filosofía que nos enseñará a
encontrar el sentido de las cosas y aceptarnos a nosotros mismos, con nuestras
sombras que, aceptándolas, se transforman en fortalezas para nuestra definitiva
integración.
Esta integración es el fruto de las exigencias del inconsciente como
unidad, siendo el inicio de una verdadera transformación por la cual se asigna
prevalencia al espectro inagotable de lo espiritual.
Obtenida la unidad del yo, sensación única e indescriptible de la paz
espiritual, que habrá que fortalecerla con la declaración de Fe en Dios; inicio
de la edificación de la misma como una constante de vida inseparable.
Cuando hablamos en público utilizando la oratoria, nos proporcionamos
frecuentes reflexiones y a los demás por la fuerza de la palabra aplicada para
persuadir a dedicarse al conocimiento, a la práctica de un comportamiento
idóneo frente al prójimo. Cada vez en nuestros días se aprecia esta habilidad,
sobre todo en la universidad, porque posee una fuerza indudable a la hora de
presentarnos nosotros mismos con nuestra preparación a otras personas, sobre
todo a los estudiantes; aquí no proporciona los mismos efectos hacerlo bien que
mal; no se obtiene la misma eficacia dejar una presentación o una clase
académica a ver lo que sale, que otra ejecutada con preparación y técnica
oratoria, siendo todo esto pura materialidad que nos enfrenta a una reprimida
necesidad: ¿Cómo nos preparamos para hablar con Dios? con la declaración de Fe
a su vida terrenal ejemplar, a sus enseñanzas y a sus virtudes en creer
firmemente en su Padre; aquí comienza la injerencia de la Fe en Dios en nuestro
espíritu.
ACEPTARNOS
La aceptación de nosotros mismos significa la integración y lo que los
otros no aceptan; es la verdadera fuerza que nos hace asignar la mejor atención
al “¿Quién soy yo?”, como fuente de la autenticidad, de positiva afirmación y
reivindicación del amor propio que exige una brutal honestidad espiritual.
El camino hacia la fe comienza con el silencio que transfiere a la
meditación, razonando profundamente cada cogitación. Todo este movimiento del
pensar es un rechazo a la resignación que es pasiva; por lo contrario, la
propia aceptación es positiva y un llamado vehemente a la sensibilidad, es
decir que se invierte en energía en no tratar de complacer o gustar a otros,
sino mejorar a sí mismo, sin influencias, sin egoísmo, pero con ego a la
ambición y a la realidad; ambición a estructurar la fe en Dios, como evolución
estratégica del espíritu; evolución nada fácil motivada por la lucha previa
entre la aceptación de nuestras sombras que, vencidas y superadas, transmiten
energía al espíritu que se acrisola en una unión indisoluble con Dios, por la
fe edificada.
En el espíritu emana una
inconfundible sensación de satisfacción, que se diferencia de la comprensión
prosaica del concepto que sería comer bien, o cumplir los requisitos materiales
para obtener soluciones a los problemas cotidianos; empero, la satisfacción
espiritual es emprender algo que nos otorgue perdón, por aferrarnos gran parte de nuestra vida a lo material;
liberados de esta situación obsesiva por lo que vemos; el resultado es el
dominio de las pasiones que, sin
aquietarlas son el vórtice para un sinnúmero de desgracias, privándonos de
premiar en equidad los méritos del prójimo.
Conseguida, después de esta transición de sensaciones dispersas que nos
confunden por incertidumbres reticentes a desaparecer, la paz espiritual
irrumpe con la fuerza de un sentimiento poderoso que, unido al inicio de la
edificación de la Fe en Dios, se ha logrado aprobar el examen de nosotros
mismos más crucial y definitorio en nuestra vida terrenal.
El alma escucha el sonido perceptible del cambio en calma pero con
energía, anhelando un cambio veraz, porque no es algo falso sino el encuentro
del alma en un nuevo sentido; en un nuevo comienzo con ese sentimiento que, en
palabras, es complicado describir; es una energía que trasunta en una fuerza no
externa sino expresamente en el vasto interior y su inicio, sin barruntos, se
desarrolló en los momentos más desafiantes de la vida.
Es una separación de lo que no nos integra y no es porque aquello que
nos separamos sea malo, sino es necesario para la transformación que exige el
interior.
Es un “Dios me llama” y escuchar esa sensación de voz, en esa paz
interior, que es evidente y cuando se deja de luchar por las cosas prosaicas,
sino por algo superior se suscita el encuentro con nosotros mismos. Es un modo
de preparar al alma para esta transformación y todo lo que se deja no es
pérdida, de ninguna manera, sino liberación de lo material. Dejar lo anterior,
lo acostumbrado en nuestra vida rutinaria, nos prepara para una nueva vida, no
sin sufrimientos por lo que se deja, sin esforzarnos en nada para recuperar lo
cotidiano, lo antiguo.
RUPTURA
Es una ruptura, pues se ven las cosas que antes eran rutina como algo
no esencial. Por esta acción, casi disruptiva, no necesitamos justificarnos,
por desechar la materialidad que nos acompañaba casi como una inherencia,
posibilitando ver con claridad nuestros defectos, asumirlos, reconocerlos,
vivir con ellos y transformarlos en energía positiva.
Importante es conocer que muchas mujeres y hombres experimentan en su
interior que son diferentes y en ese sentimiento, hay algo que los conduce a
otra dimensión; también ese sentimiento es un inicio de desprendimiento de la
familia, un ámbito donde se construye un propio orden de reglas; donde, desde
niño, se erige una interrogante que establece el sentir lo que no estaba
permitido y esa etiqueta de oveja negra que le asignan al niño o adolescente,
no es otra cosa que el afán sostenible de búsqueda de la verdad en el
inconsciente.
El joven adolescente percibe la influencia de la madre que anhela vivir
una vida que no le está permitida y, el padre, contiene siempre las lágrimas
que debía derramar en el momento preciso.
Estas actitudes influirán muchísimo en el joven y a su constante rol de
inquisidor y contestario en la familia para adquirir madurez; lo hace sensible
en la dinámica de la familia.
Usualmente, cuando el niño o el joven sueña con una aspiración le dicen
que es un idealista y cuando está enojado y desdobla su carácter, le dicen que
es un defecto; cuando es una energía para reconocer y aceptarla en el
inconsciente, que la suma para su unidad de personalidad. Comienza a aprender
que no necesita de la satisfacción de otros y él solo dilucida las oscuridades
del saber y a desechar la angustia por la transformación, desarrollando el
coraje para buscar la verdad que es un llamado del alma para la edificación de
la fe en Dios.
Llegó a este excepcional estado
porque asumió que el precio de la verdad es la soledad, entendida como saber
estar solo, animando a la soledad espiritual.
EL MISMO JESÚS NO FUE ENTENDIDO
Escribimos que la familia es el organismo donde se suscitan las
actividades principales que deben ser examinadas correctamente, porque es la
proyección de la vida; el propio Jesús no fue entendido por su familia, en
momentos de búsqueda de estar solo, que
es un sufrimiento de la transformación que se convierte en sabiduría;
caer para levantarse ayuda a comprender que la sensibilidad es una poderosa
energía, en antítesis a la superficialidad que sería la negación del propio
desarrollo espiritual o del ámbito interior; construyendo uno mismo su propia
energía, suficiente para declarar su fe.
Superlativamente importante es situarnos en la realidad, que es la
comprobación de la existencia de algo; es una prueba objetiva que vivimos y
desarrollamos una intensa actividad interior que sería preceptivo encauzarla
para acceder a las tres formas conocidas de la realidad, es decir,
comprenderla, cambiarla o soportarla. Naturalmente, lo escrito es muy complejo
y sobre- puja al mero análisis, por ello facilita la comprensión de las tres
formas de la realidad, descomponerlas; comprender la realidad inexpugnable es
no oponerse ni pugnar contra ella; aceptamos la finitud de la vida con sosiego
y paz para disfrutarla; cambiaremos ostensiblemente nuestra realidad con la
constante adquisición de conocimientos y virtudes y, finalmente, soportaremos
nuestra realidad cuando no emprendamos las dos alternativas.
La vida deja su impronta en la realidad exterior y la interior ¿Qué se
debiera hacer para evitar la constitución de dos personalidades; una para el
exterior y otra para nosotros? la dualidad de personalidad procrastina el
esfuerzo de encontrarnos a nosotros mismos, a reconocer y aceptar nuestras
sombras o defectos y a vivir con ellos, como una fuente de energía para una
unidad de persona; nuevamente se alcanza con esta reflexión sobre la gélida
realidad, el otro estado ideal para declarar la fe en Dios e iniciar su
edificación diaria, a expensas de la intensa actividad de nuestra mente.
La expresión de esa energía en palabras que trasuntan nuestros actos al
exterior, siempre con la teleología de hacer el bien al prójimo.
FE Y CREER
Previo a finalizar el libro, me apartaré de lo que afirmé anteriormente
sobre la prescindencia de la consulta religiosa. Al principio debería haber
explicado o trasladado a los lectores la aclaración de los conceptos
"Fe" y "Creer “que se emplearon frecuentemente en esta obra;
así, se traducirían estos conceptos bíblicos, los cuales, son, a su vez,
versión latina de los correspondientes griegos: la fe, particularmente en San
Pablo, designa el nuevo camino de la salvación abierto a la gracia de Cristo en
oposición a la ley del Antiguo Testamento.
En estricto sentido se entiende por fe a aquel acto que expresa la
primera respuesta del hombre al llamamiento divino de la gracia, es decir, la
libre auto manifestación.
Eso es todo lo que tomaré al pie de letra del “Diccionario de
Filosofía” de Walter Brugger, editorial Herder, Barcelona, que fue elaborado
con criterio seguro, porque acentuó el hecho de que en filosofía lo que importa
sobre todo es el conjunto del pensamiento.
Esas auto manifestaciones son precisamente los diferentes momentos
enjundiosos que se esbozaron para la declaración de fe en Dios.
La vida es larga si está llena de espiritualidad y cuando este estado
procura el propio bien y se tiene dominio sobre sí mismo. ¿Sirven a una persona
vivir ochenta años en la inercia?
AÑOS
Se generan diferencias en los años vividos, así, para unos, no
vivieron, pues se retrasaron en la vida; no tardaron en morir, sino que
tuvieron una muerte larga. Otros mueren en la flor de la edad, pero cumplieron
sus deberes de buen ciudadano, buen amigo y buen hijo, es decir, su edad fue
imperfecta, pero su vida perfecta. Eso es lo externo de los humanos en sus
diferentes variaciones, empero ¿Fue perfecta la espiritualidad de esos hombres?
¿Cuidaron su espíritu con la necesaria prolijidad para acercarse y consolidar
la fe en Dios? ¿Llegaron a esos momentos de soledad y de profunda meditación
para aclarar su fe en Dios sin verlo?
La edad es algo externo a los humanos ¿Cuánto tiempo viviré? es algo
ajeno, pero ¿Cómo viviré el tiempo que viva? eso es nuestro. Entonces, ante esa
realidad inmodificable debemos, nos dice nuestro inconsciente, vivir hasta
alcanzar la sabiduría necesaria y labrada en el espíritu para declarar la fe en
Dios.
El tema de la fe es complicado por su esencia y definición, inextricable por ser un sentimiento poderoso que solo nace en el espíritu de la persona como consecuencia de su declaración de fe; estado que es casi imposible transmitir con plena exactitud a quien nos oye.
INTENCIÓN DE LA OBRA
Esta obra como creo, la han intuido los lectores, intenta, con imperfección, descubrir la orientación de los medios para encontrarnos a nosotros mismos, con una exhaustiva introspección a nuestro ser y a su auténtica identidad espiritual, pues, para declarar la fe en Dios, sería inexcusable no transitar por los intrincados senderos de la intimidad para reconocerse como una unidad, aliviándose de toda influencia o ancla exterior.
Se infiere que la intención de orientar del autor, no está apoyada con estudios de Derecho Canónico u otro estudio de esencia religiosa; igualmente carece de los consejos sabios que pueda compartir un religioso. Está concebida por una persona común en inherencia con la natural experiencia de vida y la incontable multiplicidad de opiniones y lecturas que se acumulan en el decurso de la vida de aprendizaje que solo concluye con la finitud, denotando en la conclusión, estrictamente personal, que no se debiera transitar por la vida de manera anodina, privándose de una declaración de fe en Dios, en cualquier religión, sea cual fuere.